En España se editan unas 35.000 obras literarias al años. La cifra refleja la imposibilidad absoluta de estar al día con los nuevos libros que cada poco tiempo llegan a las librerías. Eso, unido a la tiranía de la novedad en la que casi siempre terminamos cayendo, provoca que muchas veces posterguemos una y otra vez la lectura de obras más antiguas que, pacientes, siguen esperando a que nos acerquemos a ellas.
Gracias a la fascinante exposición Rodoreda, un bosque, que organizó hace unos meses el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, me animé al fin a leer a Mercè Rodoreda, autora catalana de la que había oído hablar mucho y cuyas obras tenia desde hacía mucho en la lista de lecturas pendientes. Nada más salir de la exposición compré en la librería Laie del propio CCCB La plaza del diamante, un relato crudo sobre el impacto de la Guerra Civil española en la vida cotidiana de las personas de la época, en especial de las mujeres, y La muerte y la primavera, que he leído ahora, entre el asombro y la fascinación, en una edición de Club Editor con traducción de Eduardo Jordá y un interesante posfacio de Mariana Enríquez.
Lo primero que me llama la atención es que Rodoreda escribiera ambos libros prácticamente a la vez, en los años 60. Son dos obras que sólo tienen en común a su autora y su talento narrativo, pero cuyo tono y estilo son muy diferente. Muestra una enorme versatilidad la autora catalana. Si La plaza del Diamante abraza más el realismo, con aires de novela social y con una trama estructurada y narrada por orden cronológico, La muerte y la primavera es una novela mucho más enigmática, oscura, compleja y misteriosa. Es un libro, en buena medida, indescifrable.
Mariana Enríquez afirma es su muy atinado posfacio que “tratar de resumir la trama de La muerte y la primavera es complejo porque la novela es más un estado de ánimo, un tono, una elección de palabras, un cuento de hadas macabro”. También explica que se trata de una novela inacabada, con personajes y tramas por desarrollar, porque la autora dejó pendiente una reescritura que nunca hizo. Enríquez describe la obra como una obra de distopía, de fantasía o de gótico de posguerra. Y aún cabrían más formas de definir este fascinante y extrañísimo libro de Rodoreda sin terminar de captar del todo su esencia, su atmósfera, que es lo que de verdad cautiva de la obra.
El narrador del libro es un joven que nos describe un pueblo misterioso con un bosque de los muertos donde se entierran a las personas que fallecen y donde cada habitante tiene desde su nacimiento un árbol dentro del cual reposarán sus restos mortales. Es un pueblo misterioso en el que hay hombres sin rostro, mujeres embarazadas forzadas a vendarse los ojos, un herrero con influencia y un señor que vive en una cueva. El narrador está en contacto con la naturaleza, que marca el ritmo del paso del tiempo (“y poco a poco la primavera moría en el otoño sobre las piedras redondas de la Plaza”), y que muestra en la novela su doble cara, la belleza y la dureza, lo hermoso y lo inhóspito.
En este pueblo, del que se incluye un plano al final de la obra, sólo había un preso, que es condenado a no ser persona, y que ofrece algunas de las mejores reflexiones del libro. Le cuenta al protagonista que todos llevan dentro su propia prisión. “Me decía que todo era mentira. Y antes no querían oír lo que yo decía y ahora no se lo quiero decir”, le afirma, para contarle después que los poderosos del pueblo quieren “que te arrastre el sufrimiento pero no el deseo… porque el deseo te hace vivir y por eso les da miedo”.
Una de las ideas fuertes del libro es esta obsesión por matar el deseo en el pueblo, que se menciona varias veces en la obra. También el poder autoritario, del que no se llegan a dar detalles, pero que tiene algo de alegoría del poder absoluto, sin control ni libertad. Es el de este pueblo un entorno violento, desesperanzado, con muertes y sin esperanzas. “Las caras de todos ellos eran caras de gente que quiere cosas sin saber muy bien qué cosas quiere, pero que las quiere sea como sea”, escribe el narrador.
La novela, que transcurre siempre en un tono de fábula, de fantasía, como en una nebulosa, encierra tantos significados, analogías y emociones como puedan sentir los lectores con mente abierta y dispuestos a aceptar el juego exigente y gozoso que les plantea Rodoreda. Hay que dejarse llevar, entregarse a esa sensación deliciosa de no saber si uno termina de entender del todo lo que lee, pero sin tener la menor necesidad de hacerlo, de intelectualizarlo todo, para poder disfrutar, para entregarse a su atmósfera, a su estado anímico, al misterio del relato. La buena literatura nunca es sentenciosa ni unívoca, siempre está abierta a varias interpretaciones, es ambigua, da que pensar. Y todo esto lo consigue con creces Rodoreda con este libro.
Afirma Enríquez en el posfacio que Rodoreda afirmó que estaba convencida de que La muerte y la primavera no gustaría a nadie, posiblemente, por su tono lúgubre, por lo que tiene de indescifrable y misterioso. Lo cierto es que precisamente por eso es su libro más valorado por la crítica y por muchos lectores, algunos de los cuales, llegamos al libro ahora, ochenta años después de ser escrito y cuarenta años después de su publicación, ya que fue una obra póstuma, publicada en 1986, tres años después de la muerte de la autora. Pero nunca se llega tarde a un gran libro, porque éstos nunca mueren y siempre están ahí, esperando a quienes caerán rendidos ante ellos aunque aún no lo sepan.

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