El cine británico tiene una extraordinaria capacidad de llevar a la pantalla conmovedoras e inspiradoras historias reales, con un enfoque ligero y emotivo, siempre en tono de comedia, siempre tocando la fibra del espectador. Es casi un género en sí mismo y es posiblemente de lo mejor que el cine británico ofrece al mundo. El último exponente es Incontrolable, de Kirk Jones, que cuenta la historia real de John Davidson, un hombre que fue diagnosticado con el síndrome de Tourette cuando tenía quince años y que llegó a ser reconocido por la reina de Inglaterra por su labor en favor de las personas con este síndrome que provoca tics como movimientos espasmódicos o la incapacidad de contener insultos o palabras malsonantes.
Es una película encantadora. En el filme se muestra el desconocimiento y la incomprensión ante el síndrome de Tourette, del que nadie sabía en el entorno de Davidson. De pronto, un chaval educado y formal empieza a insultar y a tener espasmos que sus padres y profesores atribuyen a una forma de llamar la atención. Cuando finalmente tiene un diagnóstico, en casa al menos ya le saben poner nombre a lo que le pasa, pero tampoco son capaces de gestionarlo bien, y además sigue siendo el resto del mundo el que no sabe nada de lo que le sucede, lo que provoca todo tipo de malentendidos y situaciones desagradables.
El protagonista se decide a intentar ayudar a las personas en su misma situación y también a que la sociedad conozca mejor el síndrome de Tourette, que es justo lo que consigue también esta película con sus espectadores. El cine, además de emocionar, conmover, divertir y hacer reír o pensar, también puede servir para esto, para conocer mejor una realidad que nos resulta ajena. La película tiene una clara vocación didáctica, pero sobre todo, como sucede siempre con esta estupenda tradición del cine social emotivo y cómico tan British en la que se inscribe Incontrolable, se dedica a contar muy bien una buena historia. Es decir, es una producción cargada de buenas intenciones y con un propósito loable y social, pero no se olvida de que esto va, sobre todo, de contar una historia. Y lo hace rozando la perfección.
Ayuda mucho al éxito de la película la soberbia interpretación de Robert Aramayo, quien firma uno de esos trabajos que marcan una carrera. Es un personaje muy complejo, lleno de capas, y con una serie de retos interpretativos mayúsculos, como la necesidad de hacer creíbles sus espasmos o los insultos incontrolados, y el actor sencillamente lo borda. También están llenas de matices y de verdad las interpretaciones de su madre (Shirley Henderson), que hace lo que puede ante una realidad que la desborda y que no sabe gestionar, y la de la madre de un amigo que es enfermera de salud mental y se convierte en una segunda madre para él, a la que da vida Maxine Peake.
Si este tipo de películas es ya un clásico del cine británico, no lo es menos ese nutrido elenco de actores y actrices que sin excesos, alardes ni imposturas dan vida con enorme solvencia y mucha verosimilitud a personajes cotidianos. Nada desentona, nada está fuera de sitio. Perfección interpretativa con la dosis justa de emoción.
Incontrolable, en fin, es una película encantadora en la que, haciendo un juego de palabras, el espectador no puede controlar la risa en algunas escenas, y tampoco la lagrimita en otras. Una película que no esconde las partes más duras de la vida de John Davidson, pero que siempre termina decantándose por un tono esperanzado y vitalista. La vi hace unos días en Fescinal, el festival de cine de verano del Parque de la Bombilla, donde cada año se produce un pequeño milagro en el verano madrileño y donde es imperativo ya para mí desde hace mucho vivir al menos una noche estival frente a una pantalla bajo las estrellas. Al terminar el filme, algo que ya casi no sucede en ninguna sala de cine, el público aplaudió, prueba de lo maravillosos que son los cines de verano y también de la conexión emocional que esta película consigue con los espectadores.

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