Blue Film es una de las películas más incómodas y desagradables que he visto en mi vida. Tanto, que incluso estuvo a punto de dejar de verla un par de veces, algo que no hago nunca. No, desde luego, porque la película me incomode, suelo tener bastante aguante y buen estómago. La película, ya digo, deliberadamente incómoda, fue rechazada en muchos festivales de cine independiente como Sundance, por la polémica que arrastra. No fue el caso del Atlàntida Mallorca Film Fest, el festival organizado cada verano por Filmin, que exhibe también las películas en la plataforma durante unas semanas, y en en que Blue Film ganó en premio en la sección Trends.
La película, dirigida por Elliot Tuttle, no es nada complaciente con el espectador. Aborda una cuestión muy dura e incómoda y además lo hace de un modo deliberadamente ambiguo, sórdido y oscuro. Hay un recurso en especial que provoca prácticamente arcadas, dado el tema del que trata. Me alegro de haber resistido y haber terminado de ver la película. No tengo claro exactamente qué pensar de la película, pero eso generalmente es algo bueno cuando se trata de valorar un filme. Siempre he pensado que el cine, como cualquier otra creación cultural, puede hablar de todo. No creo en los tabúes, en la autocensura ni en la exigencia de posicionamientos éticos o morales del arte. Sí creo en la inteligencia del espectador (o aspiro a creer en ella). Hay películas que no son para todo el mundo y no pasa nada, sólo faltaba, pero no puede hacer temas o enfoques prohibidos. Luego ya cada cual decidirá si ha sido una película fallida o no, si sólo busca ser provocadora, si aporta algo, si derrapa…
Naturalmente, el hecho de que se pueda hablar de todo y que el cine no deba tener cortapisas no significa que se justifiquen según qué actitudes o directamente delitos mostrados en la pantalla. Que una película cuente la historia de un ladrón no es un ensalzamientos de la delincuencia, que en pantalla aparezca un señor pelirrojo malísimo no es un ataque a los pelirrojos, que haya personajes repugnantes y odiosos no significa que el director de la película esté celebrando a esos tipos. Es bastante elemental, pero tal y como estamos, no está de más dejarlo claro. Que se lo pregunten si no a Tuttle, el director de esta película, que ha tenido que responder a algunas preguntas delirantes.
El protagonista de Blue Film, Aaron (Kieron Moore), es un joven que se gana la vida grabando vídeos provocativos para hombres gays y al que un hombre (Reed Birney) ha pagado 50.000 dólares para pasar una noche con él. Hasta ahí, parece que la película va a tratar sobre la pornografía, el deseo y la sexualidad en la era de las pantallas y las redes sociales. De todo eso trata un poco, sí, pero la historia da un giro particularmente inquietante cuando Aaron descubre que ese hombre fue su profesor en el instituto, que fue despedido y enjuiciado por intentar abusar de un alumno.
La película, de ahí lo tremendamente desagradable que resulta, habla de pedofilia. Es muy dura, muy desagradable y perturbadora. Está basada en los diálogos entre ambos. Y son diálogos que muestran a dos personajes heridos, solitarios. Un tira y afloja dialéctico y emocional de una enorme intensidad. Las extraordinarias interpretaciones de ambos actores son uno de los grandes pilares de la película. Es un filme algo irregular, pero su extrema valentía al abordar un tema así y, sobre todo, del modo en el que lo aborda, hace que, pese a la incomodidad que genera, no puedas dejar de mirar la pantalla.
La película muestra a dos personas, no a dos caricaturas o estereotipos andantes. Y eso, naturalmente, no significa que justifique actos criminales repugnantes, significa que muestra a personas. Personas que a veces intentan justificarse con patrañas autoexculpatorias o con discursos pseudointelectuales que buscan racionalizar algo despreciable e inimaginable. Pero de eso va también el cine, de hablar de todo, a veces, de llegar a lugares especialmente oscuros y perversos. Es lo que hace Blue Film, una película imperfecta y que desde luego no recomendaría a todo el mundo, que más bien no recomendaría a casi nadie, pero cuya existencia muestra que hay un cine osado hasta lo insospechado, sin miedo a incomodar al espectador.

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