Las afueras, esa extraordinaria editorial independiente de cuyo criterio me fío ciegamente por todos los buenos ratos de lectura que ha propiciado, suele incluir siempre un pequeño fragmento de los libros que edita en la portada de cada obra. Son textos breves, situados justo debajo del título y el nombre del autor, que sirven como una especie de píldora comprimida del tono y el tema del libro en cuestión. Con el magnífico Algo que nadie hizo, del escritor argentino Matías Aldaz, han estado especialmente acertados, ya que ese párrafo incluido en la portada capta a la perfección la esencia de esta obra singular sobre la memoria, el duelo y la conexión con nuestro entorno.
“Elegí este lugar, ni siquiera loteado, de puro yuyo, que lo único que tiene en frente es una callecita de tierra revuelta y toscas que termina en el río, porque quería despejarme. Despejarme y que la vida pasara sin sobresaltos, atravesar lo oscuro sin susto, como decíamos en el pueblo. Hacer los trabajos que me dieran para vivir y listo. Y creo que elegí bien, porque al final, abandonar algo es llevarlo para siempre”.
Es un fragmento perfecto para resumir la obra, sí, por el lirismo y la belleza de su estilo, porque relata la decisión de su protagonista, Cesário, de vivir en una casa rodante a las afueras de un pueblo abandonado, y también porque incluye una de las muchas perlas que encontramos en el libro, esa idea de que abandonar algo es llevarlo para siempre, que conecta con el pesar de este hombre, que arrastra un duelo que se irá desvelando a medida que avance la obra. Avanza, hay que decirlo, a su manera, porque se trata de un relato desordenado, impresionista, todo lo contrario a un relato clásico en orden cronológico o lineal. Nada que ver. No quiere jugar en la liga de lo convencional.
El libro, compuesto por pequeños fragmentos, en algunos casos, de unas pocas líneas, está escrito en español, pero también incluye algunas expresiones de guaraní y portugués, entre otros idiomas, lo que aporta una riqueza añadida al texto. Los recuerdos del protagonista sobre su vida con Mai, su mujer, y Luriel, su hija, llegan de la mano de imágenes grabadas en superocho a las que él vuelve una y otra vez, en parte, porque “a veces, eran más reales que la vida”. Y, en efecto, muchas veces es así cómo construimos nuestros recuerdos, con fotos o grabaciones, con relatos que nos contamos, más que con recuerdos directos, siempre poco fiables.
Es extraordinaria la forma en la que el autor va dosificando la información sobre el pasado del protagonista, siempre de forma fragmentada, sin dar todos los detalles. Descubrimos ese dolor que condiciona la vida de Cesário y le hace desear ya sólo que la vida pase sin sobresaltos. También se cuenta, sin terminar tampoco de explicitarlo por completo, lo que sucede en ese pueblo ya sin habitantes. Y se aborda la relación del protagonista con su hijo, con pasajes como éste: “le dije que se sufre cuando la cabeza va más rápido que la vida, y que su cabeza no paraba de pensar cosas raras, cosas que en la realidad no pasaban y que ni siquiera iban a pasar”.
Cesário se dedica a plantar árboles de ese pueblo abandonado en la nueva ubicación en la que se encuentra, desde la que hace visitas a esas casas que albergaron la vida de sus vecinos y que ahora están vacías. Sus visitas al pueblo ahora vacío que fue su hogar, donde ya no queda ni el cementerio, porque también el camposanto fue trasladado a una nueva ubicación, constituyen los pasajes con más fuerza emocional y más calidad narrativa. En alguna entrevista, el autor ha contado que en cierta forma se inspiró en el precioso poema Todas las casas son ojos, de Miguel Hernández. Y, en efecto, leer ese poema justo después de terminar Algo que nadie hizo tiene mucho sentido y es también la mejor forma de cerrar esta crítica de un libro muy recomendable y original.

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