El periódico de la democracia

 


Los dos últimos libros de Javier Cercas son, en cierta forma, encargos, pero ninguno de los dos es, ni mucho menos, lo que se entendería como un libro de encargo. Porque, por encima de todo, son dos muy buenos libros. Si en El loco de Dios en el fin del mundo siguió, tras la oferta de El Vaticano, al papa Francisco en su viaje a Mongolia, y el resultado del libro no fue ni una crónica de ese viaje, ni una biografía del papa, aunque un poco de ambas; en El periódico de la democracia, tras la oferta al del director de El País de escribir un libro sobre los 50 años de la cabecera, Cercas ha escrito, como bien describe el subtítulo de la obra, una historia personal de El País. Ninguna obra de Cercas es convencional, siempre son híbridas, singulares, libérrimas, y ésa es una de las señas de identidad de su literatura.

El libro, editado por Random House, comienza con una inocentada que la hermana de Cercas le gastó en los años 90, cuando le hizo creer que le ofrecían escribir una columna en el diario. Tiempo después, el autor sí entró en la nómina de colaboradores de El País, el periódico que ha leído toda la vida y que ha sido decisivo en su forma de ver el mundo. Es imposible que un periódico leído a diario durante casi cincuenta años no haya contribuido de manera decisiva a configurar nuestra identidad”, escribe. 

El libro, como cabe esperar siempre de una obra de Cercas, no es una sucesión de datos o sucesos históricos de estos 50 años. Sí se cuentan someramente los comienzos del proyecto, cuando en los estertores del franquismo, un grupo de políticos, empresarios e intelectuales de varias corrientes ideológicas, entre los que estaban  José Ortega Spottorno, Jesús de Polanco, José María de Areilza y Manuel Fraga, se unieron para lanzar un periódico democrático, liberal y europeísta, una rareza en aquella España. Bajo la dirección de Juan Luis Cebrián, El País echó a andar con una redacción muy joven, ya que su media de edad era de 29 años, y bastante más a la izquierda de lo que esperaban muchos de sus accionistas. Fernando Savater, que escribió muchos años en el diario, dijo entonces que El País fue “el primer partido no político sino cultural que se legalizó en España”.

Otro de los atractivos de los libros de Cercas, sus citas atinadas y siempre oportunidad, también está presente en este caso. Afirma que Richard Rorty escribió que “el éxito de un libro es a menudo el resultado de la conjunción azarosa entre las obsesiones privadas de un escritor y las necesidades públicas de una sociedad”. Considera el autor que año así ocurrió con El País, el periódico de la democracia, que supo conectar con una necesidad de democracia y apertura incipiente en la sociedad española. Manuel Vicent, histórico del periódico, cuenta siempre que por aquel entonces los progresistas llevaban El País bajo el brazo”, era un signo de distinción, de significación política, de compromiso con la democracia y el futuro. 

Cercas define El País como “un periódico políticamente socialdemócrata y culturalmente ácrata o libertario”, y cuenta que a él, cuyo interés por la política era más bien remoto de joven, le atrajo esa dualidad, esa irreverencia cultural. Me encanta lo que escribe de las columnas De Francisco Umbral, cuando afirma que “lo mejor, por supuesto, era la prosa, una prosa barroca, urgente, gamberra y callejera, al mismo tiempo culta y popular, empedrada de endecasílabos y de greguerías, impregnada de Quevedo, de Larra, de Valle-Inclán, de Gómez de la Serna, de González Ruano y de Cela, una prosa cosida a un Madrid insomne, castizo, urbano, multitudinario y fantasmal, que parecía una ciudad inventada (eso es lo que hacen con las ciudades los escritores auténticos: inventárselas)”. 

Por supuesto, Cercas recoge en las páginas de este libro el 23-F, del que escribió en la que quizá sea su mejor obra, Anatomía de un instante. Desmiente esa imagen de opereta y recuerda que el golpe de Estado perfectamente podría haber triunfado. La edición especial de El País en la que el diario se posicionaba de forma firme por la Constitución y en contra del golpe, llegó al Congreso y el editorial se leyó en la radio, así que jugó un papel aquella noche. Recuerda Cercas que en la primera edición, en medio de la confusión, se criticaba una supuesta falta de coraje de Adolfo Suárez, con quien el periódico había sido muy duro en los meses previos, pero a partir de la cuarta edición se retiró esa mención y tres días después el periódico rectificó y señaló que el presidente saliente “estuvo, a nuestro juicio, a la altura de sus funciones”. 

Se lanzaron siete ediciones especiales. La primera, de 16 páginas, a las diez de la noche del día 23. La última, a las doce del mediodía del 24, ya con la extensión habitual y con otros contenidos, como la tribuna semanal de García Márquez. 

Aunque el libro es, sobre todo, la historia personal y sentimental, la relación de Cercas con el diario, el escritor no rehuye algunos de los elefantes en la habitación o algunas de las polémicas del periódico de Prisa en estos años. Por ejemplo, reconoce que el periódico se dejó “algunos pelos de su prestigio en la gatera del contencioso” en el caso Sogecable. También habla de las críticas recurrentes al diario por ser próximo al PSOE, menciona de pasada la cuestión de su independencia ante poderes políticos y económicos, y también reconoce que ha escuchado a no pocos decir eso de que “El País ya no es lo que era”. Considera Cercas que esos comentarios son más bien pura nostalgia de una época en la que éramos más jóvenes. Él cree que es al revés y que hoy los periodistas escriben mejor y están mejor informados. 

Más allá de la prosa siempre hipnótica de Cercas y de las anécdotas y curiosidades sobre la historia del periódico que recoge en las 140 páginas del libro, lo que más me ha gustado de esta obra son las reflexiones del autor sobre su propia relación con El País y sobre las diferencias entre el trabajo de periodista, el de articulista y el de escritor. Cuenta, por ejemplo, que las crónicas que empezó a publicar en la edición catalana de El País fueron el germen de Soldados de Salamina. También recuerda un artículo de Vargas Llosa sobre el libro que, reconoce Cercas, cambió el destino de la obra y del propio Cercas. Esto le lleva a reflexionar sobre la mayúscula influencia cultural del periódico a lo largo de los años. Afirma que Umbral dijo una vez  que “El País podría probar a promocionar un tonto, y lo consagraría”. Reconoce incluso que las críticas de favoritismo que se lanzan contra Babelia, el influyente suplemento cultural del periódico, en algún caso, pueden estar justificadas, aunque defiende su solvencia y autoridad como prescriptor cultural incuestionable. 

Cercas hace un elogio del trabajo del periodista, contar las cosas según ocurren, algo de lo que se siente incapaz, y explica sus experiencias las pocas veces que escribió crónicas de un día para otro, como una final de la Copa Davis en Barcelona o la de un encuentro de escritores de Anagrama en Londres. Por supuesto, también recuerda la entrevista a Macron publicada por El País en 2023, sin duda, su pieza periodística más reconocida. 

Sobre la presencia de la política en sus columnas, explica que él es escritor, pero también, o sobre todo, es ciudadano, por lo que tiene derecho a expresar sus opiniones, ya que los escritores no viven en una torre de marfil. Empezó a escribir de política tras la crisis de 2008 y luego, claro, con el procés, en el que vivió (y sufrió) lo que Pierre Vilar denominó “unanimismo”, una ilusión de unanimidad por el temor a expresar la disidencia. Asegura que no se arrepiente de aquella implicación, por más que le pasara factura. 

El periódico de la democracia, en fin, tiene el encanto de la literatura de la realidad, de las novelas sin ficción de Cercas, de sus obras siempre híbridas y atractivas, en este caso, ligada al primer medio siglo de historia del diario El País, que con sus aciertos y sus errores, sus luces y sus sombras (muchas más luces que sombras), sigue siendo una referencia de ese periodismo riguroso y de calidad que necesitamos más que nunca. 

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