Valor sentimental, la última película de Joachim Trier, es en cierta forma continuadora de su anterior trabajo, la extraordinaria La peor persona del mundo. Y eso, para quienes adoramos aquel filme, es el mejor reclamo posible. No sólo se parece porque comparten actriz protagonista, excelsa una vez más Renate Reinsve, que resulta hipnótica, y porque además su personaje casi podría ser el de aquella otra película, sólo que con unos años más, pero no menos perdida y llena de heridas y dudas. Sobre todo se parece por el tono, por su inteligencia a la hora de abordar con sensibilidad temas complejos sin caer en subrayados innecesarios ni juzgar a sus personajes, sin recorrer caminos trillados. Hay también un modo de rodar, un cuidado de los diálogos y una cierta mirada desencantada al mundo moderno que nos resultan igualmente familiares.
En este caso, la protagonista es una actriz de teatro con problemas de ansiedad, cuyo pasado iremos conociendo muy poco a poco, y sin que se llegue a explicitar nunca del todo, por supuesto. Tiene una relación muy fría y complicada con su padre, un prestigioso director de cine al que da vida con maestría Stellan Skarsgård, que nunca prestó demasiada atención a su familia. La hermana de la protagonista (estupenda también Inga Ibsdotter Lilleaas) es casi el único vínculo entre ambos.
La muerte de la madre de ambas, que llevaba un tiempo divorciada del cineasta intenso, genial y un tanto egoísta sólo preocupado por su arte, reúne de nuevo a las dos hermanas y a su padre en la casa familiar. Una casa llena de recuerdos y de lugares y objetos con ese valor sentimental al que alude al título, y que en realidad puede referirse a varios aspectos de la película, porque, de nuevo, nada es obvio ni simplón aquí. El padre tiene en mente rodar una película que, según afirma, sólo puede interpretar su hija, a pesar de lo cual, se lo ofrece a una estrella internacional, a quien da vida Elle Fanning, cuando su hija se niega a trabajar con él.
La película tiene mucho de metanarrativo, hasta el punto de que hay escenas que durante un primer momento uno no sabe bien si se corresponden con la historia contada en el filme o con alguna película u obra teatral que ocurre dentro de ella. Y es parte de su encanto, porque aquí el oficio de contar historias, de nutrirse de la realidad y las vivencias propias para plasmarlas, en este caso, en el cine, está en el centro del filme. Al igual que en La peor persona del mundo, aparecen no pocas reflexiones sobre la libertad que necesita la creación artística y sobre los debates en torno a ello. Aquí, por ejemplo, el director se queja de que ahora se espere de los artistas que sean buenos ciudadanos burgueses, pero que si se está pendiente de pagar el seguro no se puede ser buen artista.
Como cualquier película sobre la familia, en realidad Valor sentimental es sobre todo una película que habla de la incomunicación, o de lo que cuesta comunicarse con gente que queremos. Es una película sobre relaciones paternofiliales, desde luego. Y sobre cómo la infancia marca nuestro futuro. Sobre la relación entre hermanas, fundamental aquí. Sobre el compromiso y las relaciones de pareja. Sobre construir proyectos de vida junto a otra persona. Sobre los roles que cada cual adopta en la familia. Es todo eso, sí, una película sobre la incomunicación. Porque, en el fondo, padre e hija no logran encontrar un lenguaje en el que hablarse y entenderse más allá del cine, de su arte compartido.
La película, que se apoya también en unas excelsas interpretaciones que aportan verdad y autenticidad a la trama y a cada personaje, deja alguna que otra reflexión sobre el cine y la cultura en general. En una escena, un periodista le pregunta al director si se verá en cines la película que está rodando con la producción de Netflix, citada expresamente en el filme y cuyo logo aparece en varias imágenes. “Claro, ¿dónde se va a ver si no?”, responde, antes de que el productor se apresure a decir que ésa es su intención, pero que está por ver.
En otro momento de la película, el cineasta, consciente de que conoció un mundo que se desmorona, es animado a no caer nunca en la renglón de adaptarse a los tiempos modernos. Y es un poco lo que hace tan especial el cine de Joachim Trier, que no entiende de algoritmos ni sucumbe a la moda de turno. Confía en lo que confío siempre el gran cine: en buenas historias bien contadas, sin miedo a diálogos en los que se habla poco y todo lo dicen las miradas, sin querer dárselo todo bien masticadito al espectador, no se vaya a perder. Por eso, Valor sentimental es una auténtica delicia, un poco de otro tiempo, igual que lo fue La peor persona del mundo.

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