Sigo compartiendo el el blog esta maravillosa aventura lectora de descubrir En busca del tiempo perdido. Cuando escribo estas líneas acabo de terminar El mundo de Guermantes, el tercero de los siete volúmenes que componen esta imponente obra de Marcel Proust, que me sigue cautivando. A estas alturas ya me resulta familiar su exquisito estilo, sus digresiones, su retrato de la sociedad de su tiempo, el majestuoso fresco de una época que trazó con palabras el genial escritor francés.
Tras un primer libro dedicado a la niñez y un segundo centrado en el despertar sexual del protagonista, en esta tercera parte se relata con más profundidad su toma de contacto con la alta sociedad de la época. Y, al igual que sucede con otros temas como la homosexualidad, el narrador es también ambiguo, ambivalente, ya que no disimula el deslumbramiento que siente por esas personas que conoce en los salones de la alta sociedad, pero a la vez critica la necedad y la superficialidad imperante en ese entorno. “Los grandes señores son casi la única gente de quien se aprende tanto como de los aldeanos”, leemos en un pasaje del libro.
Si algo he aprendido a estas alturas de En busca del tiempo perdido, y aún me quedan cuatro volúmenes, es que su protagonista es muy enamoradizo. Aquí está rendido a los pies de la duquesa de Guermantes, hasta el punto de que poder llegar a conocerla en persona se convertirá en una obsesión. Y ese deslumbramiento llega. En primer lugar, por las resonancias de ese nombre, Guermantes, presente desde el primer tomo. En mi caso, ese nombre, clave en la obra de Proust, me remite de inmediato a la formidable película Guermantes, que grabó en medio de la pandemia el elenco de la Comedia Francesa cuando se vieron obligados a suspender el estreno de na obra teatral basada en este libro. Es una película deliciosa, a mitad de camino entre la realidad y la ficción, con la literatura de Proust de fondo. En una de las escenas más bellas de la película, cada actor elige una frase de Proust, que llenó sus libros de píldoras de sabiduría. “Lo que hay de admirable en la felicidad de los otros es que creemos en ella”, es una de esas frases. El libro tiene unas cuantas más, por cierto.
En El mundo de Guermantes es prodigioso cómo el autor consigue crear una obra atemporal, universal, pero a la vez también un preciso retrato de la época y de la clase alta, con un costumbrismo quizá más marcado en este tercer volumen aún que en los dos anteriores. Abundan las referencias al caso Dreyfus, con muchos debates al respecto, muchas menciones al antisemitismo. También encontramos en este tomo una deliciosa descripción del teléfono, o referencias a lo poco fiable de la medicina del momento: “como la medicina es un compendio de los errores sucesivos y contradictorios de los médicos, al llamar uno a los mejores de éstos tiene grandes probabilidades de implorar una verdad que será reconocida como falsa algunos años más tarde”.
Una vez más, la homosexualidad, siempre velada, aparece también en este tomo. Continúa la muy estrecha amistad del protagonista con Roberto de Saint-Loup, sobrino de la duquesa de Guermantes, con quien describe mucho parecido físico. Hay un pasaje en el que su amigo lo invita a pasar a su habitación y le dice que siente celos de la relación del protagonista con otro amigo. El narrador se apresura a decir que “los hombres que quieren desaforadamente a una mujer, que viven en una sociedad de mujeriegos, se permiten bromas a que no se atreverían otros que verían en ellas menos inocencia”. En otra ocasión, Roberto pega a un hombre que le hace “ciertas proposiciones”. Un poco más allá, el narrador dice que “no cabía discutir que Saint-Loup fuese guapo”. Además, el señor de Charlus sigue, sin explicitarlo nunca, enamorado del protagonista y obsesionado con él.
El protagonista se muestra aquí más maduro, pero sigue mostrándose muy sensible, como alguien para quien la cultura y la belleza es algo esencial para vivir, mucho más que un simple entretenimiento. Proust se da un lujo de incluir no pocos diálogos sobre escritores y pintores. Por ejemplo, entre otros muchos, escribe un debate sobre Víctor Hugo, alabado por algunos personajes, criticado por otros porque “es él quien nos ha acostumbrado a lo feo en la literatura. Bastantes cosas feas hay ya en la vida. ¿Por qué no olvidarlas, por lo menos mientras leemos?”.
Otro de los grandes temas de El mundo de Guermantes es la enfermedad de la abuela del protagonista, a quien adora. Su enfermedad le hace reflexionar sobre nuestra fragilidad, cuando escribe que “en las enfermedades es cuando nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino diferente, del que nos separan abismos, que no nos conoce y del que es imposible que nos hagamos entender: nuestro cuerpo”.
A su abuela le dedica un pasaje espléndido que incluye también un tratamiento muy moderno para la época y muy lúcido sobre la salud mental. Es un pasaje un poco largo, pero vale la pena reproducirlo, porque en el libro es lo que le dice un doctor a su abuela, pero no cuesta demasiado pensar que, en parte, el propio Proust se dedica a sí mismo esta reflexión sobre la relación entre la fragilidad mental y la creación artística:
“aguante usted el ser calificada de nerviosa. Pertenece usted a esa familia magnífica y lamentable que es la sal de la tierra. Todo lo grande que conocemos nos viene de los nerviosos. Ellos y no otros son quienes han fundado las religiones y han compuesto las obras maestras. Jamás sabrá el mundo todo lo que les debe, y sobre todo lo que han sufrido ellos para dárselo. Saboreamos las músicas exquisitas, los hermosos cuadros, mil delicadezas, pero nada sabemos de lo que han costado a los que las inventaron, de los insomnios, de las lágrimas, risas espasmódicas, urticarias, asmas, epilepsias, una angustia de morirse que es peor que todo eso. (…) No hay ningún gran artista sin una enfermedad nerviosa”.
Empiezo ya con Sodoma y Gomorra, cuarto volumen de En busca del tiempo perdido, con el que superaré ya el ecuador de este imponente y exquisito monumento literario universal.

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