El precio de la red

 

Confieso que me abochorna un poco leer la crítica de La red social que publiqué en el blog en 2010, cuando se estrenó aquella película que cuenta el origen de Facebook, hoy Meta, dirigida por David Fincher, con guion de Aaaron Sorkin. No porque en aquella crítica elogiara la película, que sigo pensando que es muy buena, sino porque no disimulaba mi entusiasmo de aquella época por Facebook. Contaba entonces que era un usuario frecuente de la red social, que era un gran invento y que su creador, Mark Zuckerberg, era un genio. Hoy, 16 años después, apenas visitó Facebook y, desde luego, mi opinión sobre la red social ha cambiado mucho. 

Aaron Sorkin, guionista de aquella película, estrena ahora El precio de la red. No es por exculparme por aquel entusiasmo mío de hace 16 años, pero creo que en cierta forma es representativo de la inocencia con la que la sociedad se enfrentaba entonces a las redes sociales. Se elogiaba su capacidad de conectar a las personas, era algo divertido y emocionante que nos permitía compartir fotos de viajes, encontrar a antiguos compañeros de colegio y formar parte de grupos de personas con aficiones en común. Sabíamos ya entonces que, en Internet, si no pagas por algo, es que el producto eres tú. Sí, entendíamos que esa red social ganaría dinero con la publicidad, pero no nos importaba demasiado no conocíamos demasiado los detalles detrás de su algoritmo. 

El tiempo pasó y los efectos secundarios de Facebook se fueron desvelando. Un punto de inflexión fue la investigación publicada por Jeff Horwitz, periodista del Wall Steeet Journal, en 2021, con una serie de artículos que demostraban, entre otras lindezas, que Facebook promovía deliberadamente el contenido más radical y polarizante o que conocía el daño de Instagram, entonces ya dentro del mismo gigante empresarial, sobre la salud mental de los jóvenes, pero que no hizo nada al respecto. Aquel admirable trabajo periodístico, que terminó ganando el Pulitzer, es el centro de la última película de Sorkin, que desvela, como bien refleja el título original en inglés del filme, el precio a pagar, las consecuencias en la sociedad de aquello que hace 16 años nos pareció un invento genial, entrañable e inocuo. 

El precio de la red es una película de Sorkin y, como en todas las películas de Sorkin, se nota por su guión. Son inconfundibles esos diálogos a veces algo grandilocuentes y efectistas, con una chispa y una agilidad poco frecuentes en la vida real, pero irresistibles, con constantes referencias culturales, realmente geniales. El autor de El ala oeste de la Casa Blanca, The Newsroom, El juicio de los siete de Chicago y tantas otras series y películas se recrea aquí con una película que algo así como una secuela o una pieza complementaria de La red social, que ya entonces mostraba al creador de Facebook como un tipo algo raro y excéntrico, pero que no podía atisbar el lado más oscuro de aquel invento suyo cuando estaba en Harvard. 

Sin ser perfecta, la película tiene como gran mérito que logra comprimir y convertir en una historia emocionante con forma de clásico filme de periodismo la investigación real que cambió la percepción social de Facebook y que obligó a la empresa de Zuckerberg a cambiar de nombre para intentar solventar su crisis. Mike Madison da vida a Frances Haugen, una ingeniera de Facebook que adora su trabajo y cree de verdad que la red social ayuda a muchas personas introvertidas a conectar con otra gente, que piensa que puede mejorar el mundo, pero a la que le preocupa la deriva que está tomando la empresa. Esa inquietud le lleva a periodista con el periodista Jeff Horwitz (Jeremy Allen White), que cubre tecnología en el Wall Street Journal, aunque no sabe cómo funciona un navegador GPS, no tiene cuenta en ninguna red social y toma notas en una libreta. 

El periodista analógico y la ingeniera introvertida terminan sacando adelante una serie de reportajes demoledores que ponen contra las cuerdas a Mark Zuckerberg, a quien aquí interpreta Jeremy Strong, cuyo papel en Succession nos gustó e impactó tanto a muchos que resulta casi inevitable asistir a su interpretación en El precio de la red como si fuera una continuación de su atormentado personaje en aquella serie. Se presenta a un Zuckerberg robótico al que un batallón de asesores tiene que dar una serie de consejos prácticos para dar apariencia humana en su comparecencia ante los congresistas estadounidenses. Pero eso no es lo peor, lo peor es cómo muestra su absoluta indiferencia ante las certezas del papel clave de sus redes sociales en polarizar a la sociedad, difundir contenidos extremistas y bulos o dañar la salud mental de los jóvenes. Queda bastante claro en la película que supo de esos efectos negativos del nuevo algoritmo que implantó en la red pero que le dio igual, porque antepuso su avaricia por ganar hasta el último céntimo a la convivencia social y la democracia. 

La película refleja dos casos reales en los que la falta de control de redes sociales como Facebook permitió dar rienda suelta a mensajes extremistas: la pandemia del Covid-19 y el asalto al Capitolio de los seguidores de Trump, alentados por él, que intentó dar un golpe de Estado y cuestionó los resultados de las elecciones que perdió en 2020. Las escenas de Zuckerberg en su sala de crisis con sus asesores más cercanos, todos ellos boquiabiertos y acongojados ante la sucesión de mensajes incendiarios de Trump mientras una marabunta asalta el Capitolio son lo de lo mejor de la película. 

En el filme le escuchamos decir a Zuckerberg que es un absolutista de la libertad de expresión. Quizá hasta se lo crea, pero lo que ha demostrado más bien es que un absolutista del enriquecimiento a toda costa. Quiere verse como un tablón de anuncios y pretende que sus redes sociales no son responsables de los contenidos de odio o delas mentiras peligrosas que en ellas publican algunos usuarios.

Como Sorkin le hace decir al periodista que destapa algunos de los más oscuros secretos de Facebook, todos tenemos voz, pero no a todo el mundo se le debe poner un altavoz, y lo que hace Zuckerberg deliberadamente para ganar más dinero es ponerle el altavoz y premiar a las publicaciones más radicales, dañinas y polarizantes. Destroza poco a poco la democracia, pero agranda su cuenta corriente. Así lo retrata El precio de la red, que de paso también nos recuerda que en este mundo desquiciado de reels y bulos digitales, el periodismo de verdad, el de siempre, es más necesario que nunca. 

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