No me encuentro entre los millones de lectores de todo el mundo que han devorado La asistenta, de Freida McFadden, pero tras ver la adaptación cinematográfica del libro que ha dirigido Paul Feig puedo entender por qué esa historia ha cautivado a tantas personas. La sutileza no es uno de los fuertes de la película, que a veces tiene un aire demasiado marcado de serie B, cuenta con subrayados innecesarios, una presencia de la música excesiva y demasiado enfática y con algunas que otras escenas más bien de brocha gorda, pero es una película extraordinariamente entretenida.
Resulta adictiva, sí, al modo en el que sucede con los alimentos ultra azucarados, que sabemos que no destacan por su calidad pero que, de cuando en cuando, son bastante irresistibles, porque a nadie le amarga un dulce. Es una historia enrevesada, delirante y excesiva en todo momento, con in crescendo alocado de inicio a fin, rocambolesca a más no poder. La película sabe exactamente a lo que juega y casi siempre consigue el efecto deseado con enorme eficacia. Cuando se habla del término placer culpable se piensa en películas como ésta, a la que no se le puede objetar nada, porque el delirio y hasta el humor negro que se encuentra en algunos momentos son perfectamente buscados.
Aquí hemos venido a jugar, parece querer decirnos el director en cada plano, con cada línea de diálogo. La historia original de la novela, desde luego, da mucho juego, y sólo, muy entre comillas ese sólo, se trataba de plasmar en imágenes ese trhiller inquietante y perturbador de una extraña que entra en un hogar donde todo se antoja idílico, pero nada es lo que parece. Un tipo de historia que es ya un género en sí mismo. No puedo juzgar cómo de exitosa es la adaptación, porque ya digo que no he leído el libro, pero l peli tiene su buen componente adictivo.
La asistenta del título, a la que da vida Sydney Sweeney, es una joven con un pasado conflictivo y con algún que otro secreto que se postula para trabajar en la casa de los Winchester, una familia montada en el dólar en la que el maridos y la mujer (Amanda Seyfried y Brandon Sklenan) son atractivos y elegantes a rabiar, gozan de un estatus social elevado y todo parece de color de rosa. Sin hacer spoilers, por supuesto, nada es nunca lo que parece en este tipo de historias, porque si no, claro, no habría película.
El filme se entrega en todo momento al entretenimiento puro y duro, a la intriga y la tensión, con momentos casi de terror psicológico. No le falta un puntito de crítica social a esos ricachones y ricachonas para quienes perderse una clase de yoga es un drama insuperable y que parecen ser muy amigos de sus amigos hasta que se dan la vuelta y les hace un traje. Más allá de su ritmo trepidante y de lo bien que va dosificando la historia, quizá lo más interesante de la película es que en cierta forma subvierte ciertos estereotipos del cine de género y que acaba teniendo un mensaje social inesperado.
La asistenta, en fin, no cambiará la historia del séptimo arte, ni tampoco lo pretende, pero sí ofrece exactamente lo que se propone: algo más de dos horas de un thriller adictivo y trepidante que, además, deja abierta la puerta a una segunda parte. A juzgar por el éxito de las novelas, la buena taquilla de la película y lo que le gusta a Hollywood las trilogías que arrastren espectadores de año en año a las salas, todo hace indicar que veremos antes o después en la pantalla esa continuación de la historia.

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