En busca del tiempo perdido: La fugitiva

 

Lamentablemente, me voy acercando al final de esta aventura libresca de leer al fin En busca del tiempo perdido, la monumental obra de Marcel Proust dividida en siete libros, de la que acabo de terminar el penúltimo, La fugitiva, justo antes de empezar a escribir estas líneas. En realidad, Proust no dejó indicado en el manuscrito dónde quería marcar la separación entre este libro y el último, El tiempo recobrado, pero la edición de Alianza en la que estoy leyendo la obra sigue el criterio de La Pléiade, la prestigiosa y legendaria editorial francesa, que estableció el corte en un lugar distinto al de otras ediciones anteriores. 

Aún me queda, pues, ese último libro antes de echar de menos a estos personajes y a esta historia portentosamente narrada, que tantos paralelismos tiene, según los expertos, con la propia vida de Proust. La fugitiva, que comienza justo donde terminó el volumen anterior, cuando el protagonista descubre que Albertina ha abandonado su casa, es quizá el libro con más intensidad dramática y en el que ocurren más sucesos trascendentes en la vida del narrador. Al menos, a falta de leer el último volumen, claro. El principal aliciente de este sexto libro sigue siendo el mismo que el de los cinco anteriores, la prosa exquisita y cautivadora de Proust, sus reflexiones sobre la memoria, el amor, la amistad, su retrato de la alta sociedad francesa de la época y su sabia descripción de las atemporales pasiones humanas. 

En estas páginas vuelven a aparecer muchos de los personajes de obras anteriores, como Gilberta, un gran amor del pasado del protagonista, o Roberto Saint-Loup, su amigo del alma. El duelo, por una pérdida repentina y brusca, centra las que quizá sean las más bellas páginas de toda la obra. Son esas en las que el autor escribe, por ejemplo: “yo procuraba no pensar en nada, coger un periódico. Pero me resultaba insoportable la lectura de aquellos artículos escritos por personas que no experimentaban verdadero dolor”. O también “el infinito del amor, o su egoísmo, hace que la fisonomía intelectual y moral de las personas que amamos sea la menos objetivamente definida; las retocamos continuamente a la medida de nuestros deseos y de nuestros temores, no son más que un lugar inmenso y vago donde exteriorizar nuestra ternura”. 

El protagonista sigue añorando también a su abuela fallecida y es preciosa la forma en la que la recuerda, porque habla bien de cómo son finalmente las pequeñas cosas, los pequeños placeres, aquello que más nos define. Los goces de que nos dolía ver privada a mi abuela eran todos los pequeños goces de la vida, una entonación de actor que le habría divertido, un plato que le gustaba, una nueva novela de un autor preferido”, escribe. 

En este volumen, además, el protagonista al fin conoce Venecia, que lleva deseando visitar desde el primer libro, y que es en esta obra el epítome de la belleza. “Las casas dispuestas a ambos lados del canal hacían pensar en parajes de la naturaleza, pero de una naturaleza que hubiera creado sus obras con una imaginación humana”, leemos en uno de los pasajes de la obra dedicados a la bellísima ciudad italiana. 

Otro tema recurrente en la obra, con relevancia directa en la trama, es la homosexualidad. La que el protagonista descubre en Albertina y la que reconoce también en otros personajes de la obra. Ya casi al final de este libro encontramos estas palabras del narrador, que son posiblemente las más abiertas y más llenas de aceptación sobre la homosexualidad del alter ego de Proust, quien era homosexual, y cuya orientación sexual le causó dolor en una época poco respetuosa con todo lo que no fuera normativo: “a mí, personalmente, me daba igual, desde el punto de vista moral que se buscara el placer con un hombre o con una mujer, y me parecía muy natural que se buscara donde se podía encontrar”. 

Como sucede en los cinco libros anteriores, aquí también el narrador regala perlas de pensamiento, frases que concentran su forma de ver la vida. Termino esta crítica con tres. Una, sobre el deseo y sus contradicciones, cuando escribe que “seguramente haremos mal en creer que el cumplimiento de nuestro deseo sea poca cosa, puesto que, cuando creemos que no se puede cumplir, nos aferramos de nuevo a él y sólo cuando estamos bien seguros de que se cumplirá nos parece que no valía la pena perseguirlo”. La segunda, sobre lo ricas y complejas que somos las personas, cuando afirma que “cada uno de nosotros no es uno, sino que contiene numerosas personas, no todas del mismo valor moral”. Y la tercera, sobre lo que de verdad importa en la vida, que está muy lejos de ser lo material, por más que sea a lo que más valor se da en este mundo de prioridades confundidas: “seguramente, sólo con el pensamiento se poseen ciertas cosas, y no poseemos un cuadro por tenerlo en el comedor si no sabemos comprenderlo, ni un país porque vivíamos en él sin mirarlo siquiera”.

Con el pensamiento guardaré como un tesoro lector y vital En busca del tiempo perdido, esta monumental obra que Proust escribió hace más de un siglo y que hoy me suena más actual, moderno y cautivador que la mayoría de los libros escritos en nuestros días, porque la gran literatura es atemporal y universal. 

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