Rondallas

 

El cine de Daniel Sánchez Arévalo es todo lo que está bien en la vida. No puedo, no quiero dejar de recomendar efusivamente Rondallas, la primera película que el estrena en las salas de cine trece años después de la formidable La gran familia española. Como todos sus trabajos, Rondallas es una película sensible, pero no sensiblera, una tragicomedia vitalista y llena de emoción y verdad. En un año que hemos empezado con furia y ruido bélico, qué imprescindible es contar con películas así, que le dan un pellizco emocional para el espectador, al que se le humedecen los ojos a ratos y, a ratos también, le provoca carcajadas. 

Como siempre ocurre en el cine de Sánchez Arévalo, lo mejor es la verdad y el mimo que hay detrás de la construcción de los personajes. Suelen ser personas vulnerables, heridas, con alegrías y penas, sueños y anhelos, que hacen lo que pueden y tiran hacia adelante, entrañables perdedores que a veces ríen y a veces lloran, es decir, personas reales, de carne y hueso. Es magistral que todos los personajes tengan aquí varias capas, que sean personas complejas, con distintas formas de afrontar el mismo drama, que se refugian donde pueden del dolor y con los que es imposible no empatizar. 

La historia transcurre en un pueblo gallego que aún no ha sido capaz de superar el luto de un trágico naufragio que costó la vida a varios vecinos. Dos años después de aquel dramático accidente, que aún está siendo investigado, algunos vecinos deciden intentar volver a poner en pie la rondalla del pueblo, que es una maravillosa forma de crear comunidad, preservar las tradiciones y poner en común a personas de todas las generaciones en torno a la música. Desde que ocurrió el accidente, las gaitas no suenan en el pueblo, y, en contra de la opinión de no pocos vecinos, otros creen que volver a juntarse en la rondalla puede ser una forma de superar el duelo, de mirar hacia adelante y rendir homenaje a los fallecidos. 

La película, que es un delicioso canto a la esperanza, al amor y la amistad, a vivir en comunidad y hacer red con la gente cercana, permite además descubrir una tradición maravillosa en Galicia. Galicia siempre es una buena idea y a muchos espectadores, enamorados ya de aquella tierra, nos ha generado además una necesidad: ver en directo a las rondallas que mantienen la tradición y también innovan con versiones de canciones modernas. De momento, tiraremos de YouTube. Qué maestría, cuánto talento. Dijo Nietzsche que sin la música, la vida sería un error y, escuchando las rondallas gallegas, es imposible no darle la razón. 

Otro rasgo común de las películas de Sánchez Arévalo es su carácter coral y Rondallas, tal vez su mejor trabajo hasta la fecha, no es una excepción. El elenco, en estado de gracia, cuenta, entre otros, con Javier Gutiérrez, impecable como siempre en el papel del mejor amigo del capitán del barco que sufrió el naufragio y uno de los dos supervivientes de aquel drama; María Vázquez, viuda del fallecido capitán que intenta salir adelante con sus dos hijas; Judith Fernández, su hija mayor, que firma una interpretación formidable llena de matices; Fernando Fraga, extraordinario en el papel del mejor amigo de ella, víctima de la autoexigencia; Carlos Blanco; que intenta ahogar en alcohol el dolor por el naufragio, o Tamar Novas, que da vida al personaje más tierno y adorable de la película, un guarda algo cándido  vive bajo la sombra de su hermano. 

Rondallas es una película que recuerda que nadie sobrevive solo, por más que el discurso individualista y egoísta imperante diga lo contrario. Es un filme que celebra los vínculos comunitarios y que también recuerda que en la vida lo importante nunca es ganar. Por eso celebra la amistad, el amor y la fraternidad con la gente de nuestro alrededor. Entras al cine en un mundo en el que se habla de invasiones, miedo a una guerra mundial y disparates varios y sales de él exactamente en el mismo mundo, sí, pero más feliz, con la sensación de haber estado un rato en un refugio, en un lugar feliz, y también un poco reconciliado con el ser humano, porque todo lo feo del mundo está ahí, sí, pero también están la música, la gente buena que se ayuda y tira hacia adelante, el cine que nos reconforta y emociona.

Rondallas se estrenó el uno de enero, así que tenemos todo el año por delante, pero no puedo pensar que vaya a encontrarme este 2026 con una más bella celebración de la vida en forma de película que la última de Sánchez Arévalo. No puedo, no quiero. 

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