Aunque Lorca concedió muchas entrevistas de radio e impartió innumerables conferencias, no se conserva ninguna grabación con su voz. Al menos, aún no se ha encontrado. No perdemos la esperanza de que algún día aparezca. De momento, muchos leeremos sus versos con la voz de Juan Diego Botto en nuestra cabeza después de asistir a su descomunal interpretación en Una noche sin luna, una obra que recuerda y celebra a Lorca, y que remarca la importancia de la memoria. Porque la voz de Lorca no es lo único que no se ha encontrado de él. Tampoco sus huesos.
La interpretación de Botto en esta obra, fenómeno teatral hace años por los que ha ganado todos los premios posibles y cuyas entradas se agotan a la velocidad de la luz en cuanto se anuncian nuevas fechas en cualquier ciudad, es de las que marcan una carrera. Por la exigencia enorme que supone, por los muchos registros que muestra, por la apabullante maestría con la que defiende una obra soberbia que no da un respiro, por su naturalidad y aplomo encima del escenario de una obra sensacional en la que está solo en el escenario de inicio a fin. Dicen que en el teatro es donde se aprecia la verdadera valía de los actores, porque no hay trampa ni cartón, porque no hay montaje que valga, a diferencia del cine o la televisión. No es cuestión de despreciar a ninguna de esas otras representaciones culturales, pero, desde luego, lo que hace Juan Diego Botto en esta función es de otro planeta. Está sencillamente perfecto.
El poeta Jorge Guillén decía que cuando uno estaba con Lorca no hacía ni frío ni calor, hacía Federico. Al igual que sucede con la voz del genio granadino, eso sólo lo pudieron saber de verdad quienes lo conocieron, quienes lo escucharon. Pero leer la obra de un autor es, de alguna forma, también conocerlo. Y en el Teatro Tívoli de Barcelona donde se representa estos días Una noche sin luna, durante un rato, gracias a Juan Diego Botto y al equipo detrás de esta obra, dirigida por Sergio Peris-Mencheta, no hace ni frío ni calor, hace Federico.
Lorca creía en un teatro que reflejara los sentires de la sociedad de su tiempo, un teatro popular y abierto al público, un teatro que removiera a los espectadores. El gran homenaje de esta obra es, precisamente, que su planteamiento es muy fiel a la propia concepción del teatro que tenía Lorca. Con esa voz frágil y firme a la vez, con una interpretación llena de sensibilidad, compromiso y belleza, Juan Diego Botto encarna a Lorca, sus poemas, su visión del teatro y del mundo, sus conferencias y sus decisiones, esas que lo alejaron de la España golpista que terminó acabando con su vida.
Una noche sin luna conecta con el público de un modo muy profundo, despierta emociones muy intensas y reacciones que no son nada habituales en un teatro. Creo que es la única vez en mi vida en la que el actor protagonista poco menos que tiene que hacer gestos al público para que deje de aplaudir, porque la ovación no sólo es intensa e interminable como pocas, es que también significa algo mucho más contundente y emotivo de lo que es común en un teatro. El impacto emocional va más allá de lo que suele ser habitual en un teatro. Es el tipo de conexión emocional que perseguía precisamente Lorca.
La obra se basa en muchas de las entrevistas y conferencias que impartió, muchas de las cuales están recogidas en el imprescindible Palabra de Lorca, editado hace unos años por Malpaso. Algunas de sus reflexiones son tan impactantes que las recuerdo de memoria. Lorca hablo mucho y muy claro de cómo entendía el arte. Del teatro, por ejemplo, dijo: “yo arrancaría de los teatros las plateas y los palcos y traería abajo el gallinero. En el teatro hay que dar entrada al público de alpargatas. Yo podría hacer una poesía aristocrática y encerrarme en mi torre de marfil, pero no lo hago ni lo haré. El pueblo es lo sano y es lo puro”. También afirmó que “el artista, como observador de la vida, no puede permanecer insensible a la cuestión social".
El compromiso político de Lorca, su gran sensibilidad (esa historia maravillosa de que, cuando le roban una canica de pequeño, se pregunta cómo es posible que ese abuso no quiebre el equilibrio del mundo), su trayectoria profesional y su homosexualidad son otras de las cuestiones que aparecen en la obra. Todo ello, yendo y viniendo, con esa dispersión lorquiana propia de los poetas geniales como él. También se menciona su voluntad decidida de dedicarse a vivir lo máximo posible. En una entrevista le preguntaron cuándo se dedicada a trabajar y él respondió: “cuando ya no tengo otro remedio. Lo que más me importa es vivir”. Magistral.
Estremece escuchar en la obra cuando se refieren a un escrito de Lorca como “texto de juventud”, porque prácticamente todos lo fueron, porque lo asesinaron con 38 años, con tanta vida y tanto arte por delante. Es un acierto que la función baje en cierta forma del pedestal a Lorca. No me refiero, lógicamente, a que no transmita la lógica y evidente admiración por el autor de tantos poemas y tantas obras teatrales que están entre las mejores de la historia de la literatura, sino a que rancien muestra el lado humano de Lorca. Por ejemplo, su vanidad, cuando dice que su tema preferido de conversación es él mismo. Lorca es, con toda lógica, con todo merecimiento, sacrosanto, intocable, un dios laico de las letras para muchos. Pero, por eso mismo, es fundamental mostrar al hombre que hay tras el tótem de la poesía y la literatura. Es un riesgo quedarse en una caricatura, no ir más allá, precisamente, por el respeto reverencial que inspira Lorca. La obra supera ese riesgo del del mejor modo posible, haciendo teatro de primer nivel, innovador y atrevido.
Existe otro gran riesgo al que se afronta la obra, cisndk decide dar voz al prototipo de señor (suelen ser señores) que dice que basta ya de remover los muertos y de reabrir heridas y patrañas así para contemporizar con la dictadura franquista, el mismo que dice amar mucho a su país, pero, ay, le sobra muchísima gente en él, toda la que no comparte sus posiciones políticas. La obra tiene una evidente vocación de confrontar con la actualidad. A veces me da miedo que se salga de la historia que cuenta, que rompa el clímax, pero a mi modo de ver conjura bien ese riesgo y el recurso empleado refuerza aún más un mensaje sobre el arte, la memoria y la identidad que, por otra parte, ya era muy claro. No me parece en absoluto una obra panfletaria. Escocerá a algunos espectadores, exactamente a los que tiene que escocer, pero es lo que hay. No estamos ante un sermón.
Creo que la última vez que salí de un trato tan abrumado, casi sin poder articular palabra y después de haberme pasado media función con lágrimas en los ojos y mucha congoja fue cuando vi hace ya diez años La piedra oscura, de Alberto Conejero, también sobre Lorca. El protagonista de aquella obra, Rafael Rodríguez Rapún, el último y, para muchos, gran amor de Lorca, también aparece mencionado en esta función.
Una noche sin luna incluye una de mis citas preferidas de Lorca, cuando en una entrevista le preguntan por la identidad española y el patriotismo. Su respuesta es de una admirable vigencia y sigue escociendo hoy a no poca gente. “Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos, pero odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execreo al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política”, dijo.
Casi seis años después de su estreno y en la que parece que será definitivamente su última gira, por fin he podido disfrutar de Una noche sin luna. Se me escapó varias veces en Madrid, pero por estas coincidencias casi mágicas, se representaba en Barcelona las mismas fechas que tenía reservadas desde hace un año para seguir en la capital catalana la salida del Tour de Francia. Por la mañana, ciclismo; por la tarde, Lorca. Siento que tiene sentido que al fin haya podido ver la obra en Barcelona, ciudad donde siempre disfruto y ciudad lorquiana por excelencia, importante en la vida del autor. Aquí él estrenó algunas de sus obras, incluida Bodas de sangre, recibió mucho cariño y se enamoró se la ciudad y de La Rambla, para él, la calle más bella del Mediterráneo.
Lorca contó en una entrevista que querría estrenar en Barcelona todo cuando hiciera para el teatro. Sus asesinos nos hurtaron todos esos estrenos y la voz de un poeta y dramaturgo irrepetible que ahora un excelso Juan Diego Botto encarna en la soberbia Una noche sin luna. Lorca sigue vivo en sus obras y en todas aquellas que 90 años después de su asesinato siguen recordándolo e inspirándose en su genio único. El odio que acabó con su vida, tristemente, también parece seguir más vivo de lo deseable. Por eso es tan importante cuidar la memoria como plantea esta obra.

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