Mientras disfrutaba estos días de la gran salida del Tour de Francia desde Barcelona pensaba que muchas de las cosas que más me gustan en la vida son aquellas que me permiten volver a conectar con el niño que fui, las que me hacen sentir esa desmedida e innegociable ilusión infantil.
Esos instantes de nervios expectantes cuando pienso que todo puede ocurrir al apagarse las luces en una sala de cine o subir el telón en un teatro, la emoción al sentir que estoy leyendo un libro que me marcará y que no quiero terminar, la alegría desbordante al compartir tiempo con gente querida en torno a una buena mesa, esas veces en las que me doy el gustazo de pedir el tamaño grande en una heladería, la sensación de felicidad que casi se puede tocar con las manos cuando aprecio lo bueno de la vida y sé que estoy exactamente donde quiero que estar... Y pocas cosas me conectan más con el niño que fui que el ciclismo.
Con esta crónica, o algo así, intento moldear los recuerdos de unos días inolvidables en Barcelona. Tengo una cantidad ingente de vídeos y fotos, algunas de las cuales ilustran este artículo, pero quiero intentar encontrar las palabras precisas para reflejar lo que he sentido, lo que siento aún, ahora que todo ha pasado pero no se me va de la cabeza. Es posiblemente un empeño vano, es difícil llegar a plasmar con palabras lo que te hacen sentir las grandes pasiones, pero vale la pena intentarlo. Ahora que lo pienso, cuando miro otra vez en mi móvil esas fotos y vídeos, creo que ver en directo el Tour de Francia es una de las muy pocas cosas por las que esperaría varias horas seguidas al sol en plena ola de calor.
Aterrizar en el aeropuerto el jueves y sentir un cosquilleo en el estómago es todo uno. Mientras espero las maletas, cruzan varias personas con camisetas del UAE, el equipo de Pogacar. Me pongo alerta. Había leído que ese mismo día el campeón del mundo llegaba a la ciudad. No lo veré, pero tendré muchas más oportunidades y las disfrutaré. Poco después me encuentro de frente con parte de la delegación del Alpecin-Premier Tech, incluido su hombre rápido, Jasper Philipsen. Ya estoy definitivamente entregado y empiezo a tomar plena consciencia de la intensidad de lo que está por venir. Un sueño hecho realidad, cinco días por delante para respirar al ritmo del Tour. De camino al centro en taxi me ilusiono también viendo en la carrera los autobuses de otros equipos. De nuevo, sólo el ciclismo puede conseguir que me alegre como un niño al ver un simple bus circulando por la carretera. No es un autocar cualquiera, claro, ahí van los ciclistas que protagonizarán la carrera ciclista más importante del mundo. Es una invitación a la felicidad, otro recuerdo más de lo que está por venir.
Si Barcelona es una ciudad que siempre me pone feliz, da igual las veces que venga, nunca suficientes, lo de estos días es otro nivel. El mismo día de mi llegada, el jueves, visito la tienda oficial del Tour situada en la Plaza Cataluña, donde me dejaría medio sueldo. Me contengo. Más o menos.
Tenía pendiente conocer La Fuga, un restaurante barcelonés que es como un templo del ciclismo, con maillots, bicis y recortes de prensa relacionada con este deporte. Me fascina. Cenamos muy bien, además. Comida casera, con una carta italiana llena de platos apetitosos. No olvidaré que lo probé en plena Grand Départ del Tour. Volveremos.
El jueves es el primer gran día: aguarda la presentación de equipos, que unirá el Recinto Modernista de Sant Pau con la Sagrada Familia, ya que los equipos rodarán por la Avenida Gaudí hasta el templo, que es el gran icono de Barcelona en el mundo. Antes de coger sitio es momento de comer y en el restaurante suena, quiero pensar que no exactamente por casualidad, sino más bien por uno de esos guiños del destino, la canción Subiendo como el Chava Jiménez, de La M.O.D.A, dedicada al siempre añorado ciclista abulense.
Tras salir de la comida toca tomar una decisión: un sitio en el que puedo esperar la llegada de los equipos sentado y en sombra u otro de pie y bajo el sol, pero más cerca del escenario. En el 99% de las ocasiones en las que me enfrentara a una situación así la decisión sería clara y optaría por la más razonable, pero si digo que el ciclismo me conecta con mi niño interior es por algo. Así que, por supuesto, crema solar y botella de agua de litro y medio mediante, me dirijo a la zona de sol. Cerca, muy cerca de la rampa por la que subirán los ciclistas. Expectante e ilusionado. Tras algo más de una hora de espera, la organizaron retira una valla y podemos acercarla todavía más. Aún faltarán dos horas más para que empiece el acto, pero un ensayo previo permite aligerar la espera.
Pese al calor, disfruto esas horas. Porque aguardaba la primera presentación de equipos del Tour que podría vivir en directo y también porque nunca había estado tan altas horas ante la Sagrada Familia, lo que me permite contemplar el asombroso templo con calma, fijándome en cada detalle. Entablo conversación con varias personas del público. Otra cosa que, en mi vida normal, no es que haga demasiado a menudo, lo de hablar con desconocidos. Pero esto es el Tour, estoy muy contento y nos une una pasión compartida. Entre las personas con las que hablo, un aficionado de 19 años que venía desde Alicante. Charlamos sobre las carreras ciclistas que hemos visto in situ y al ver su cara cuando le contaba alguno de mis recuerdos en la Vuelta a España, como el de la subida a la Bola del Mundo en 2010, me percato de que él entonces tendría tres añitos y no tenía la menor idea de lo que le contaba. Cuando viví otro de mis recuerdos ciclistas preferidos, el Mundial de Madrid de 2005, directamente este chico no había nacido. Y así, viendo a otras personas más jóvenes que comparten afición al ciclismo, uno se va dando cuenta de que va teniendo una edad. Pero, como decía arriba, en cierta forma las ilusiones desmedidas y las aficiones apasionadas como ésta del ciclismo nos devuelven un poco la niñez a todos.
La presentación, de la que hablé en mi blog de ciclismo, me fascina. No es una presentación por equipos convencional. Pasan por el escenario todos los ciclistas, pero también hay actuaciones de danza, teatro, música (inmensa Sílvia Pérez Cruz, marchosos Doctor Prats) y hasta un asombroso castell como impecable fin de fiesta. Una presentación de equipos para el recuerdo que deja muy alto el listón para las próximas ciudades que acojan el Grand Départ del Tour.
El viernes, en terminología ciclista, sería algo así como un día de descanso. Un día después de la presentación y uno antes de la primera etapa, es momento de seguir disfrutando de Barcelona, una ciudad que no se acaba nunca, como escribió Hemingway de París. Comida estupenda en Els 4 Gats, que exhibe su mítico cuadro de Ramón Casas en el que se representa en un tándem al propio pintor y a Pere Romeu, barman en la época en aquel local. Todo rima con el Tour estos días.
Visito también el Fan Park del Tour, situado en la zona del Arco del Triunfo. Hay muchas actividades y concursos para niños, además de una pequeña pero muy interesante exposición sobre la relación del ciclismo con Barcelona. Una joyita.
Después paso por el Ayuntamiento, que acoge una exposición sobre la evolución de la bicicleta y su relación con la sociedad. Lo más interesante son las bicis antiguas de todo tipo que se exponen. Porque, más allá de las competiciones ciclistas, la bici es sinónimo de libertad y también ha tenido muchos usos a lo largo de la historia.El mejor plan para la víspera de la primera etapa del Tour es un cine al aire libre en la puerta de la Filmoteca, organizado en colaboración con el Institut Français de Barcelona. La peli es Les Triplettes de Belleville, una encantadora cinta de animación en la que, por supuesto, aparece el Tour de Francia, que es el gran icono cultural de Francia y una de las principales razones de mi francofilia. Suelo decir que me atrae tanto la cultura y la lengua francesas por el Tour. Exagero, claro, pero sólo un poco.
El sábado me despierto nervioso. No es para menos. Llegó el día. En unas horas empezará el Tour. Ahora de verdad, aunque ya ha sido mucho lo disfrutado. El diseño del Grand Départ permite muchas opciones para ver la carrera, ya que esta primera etapa es una contrarreloj por equipos con salida en el Fórum, paso por muchas calles céntricas de la ciudad y final frente al estadio olímpico de Montjuic. Opto por este último escenario y consigo un lugar estupendo al lado de la meta y frente al podio. Como conté en mi blog de ciclismo, disfruto de todo, desde la charla con un cicloturista francés hasta el momento final del podio con los ganadores del día, pasando por la caravana publicitaria, el paso de los equipos entrenando para reconocer el recorrido, la emoción de la toma de tiempos y, por supuesto, la oportunidad de ver a los corredores en acción. Un día fabuloso con un ambiente genial. Barcelona entregada a la fiesta del Tour.
Antes de ir a descansar, porque quedan todavía dos días intensos, visita obligada a la Casa Batlló, uno de los edificios más bellos de la ciudad. Cada año por Sant Jordi se decora con rosas gigantes, una imagen que es el fondo de pantalla perenne de mi móvil. Está vez, como otros monumentos barceloneses, se ilumina de amarillo para rendir homenaje al Tour. A lo mejor puedo ir alternando el fondo de pantalla.
El domingo vuelvo a acudir a Montjuic para disfrutar del final de la segunda etapa. Antes de eso, leo en los medios, en especial en los periódicos catalanes, la cobertura de la fiesta popular del día anterior. En los medios de tirada nacional, igual que ocurrió con la gran salida del Tour desde Bilbao hace tres años, echo en falta una cobertura mayor. Como tengo teatro a las seis y media, pero esa será otra historia que contaré aquí mañana, opto por no subir esta vez hasta la meta y quedarme frente a las fuentes de Montjuic. Otra estampa para el recuerdo. Además, las fuentes están encendidas y corre algo de brisa, lo que permite refrescarse mientras esperamos que lleguen los corredores. A partir de ahora, cuando pase por esta zona de la ciudad recordaré siempre esta maravillosa tarde de ciclismo.
El ambiente es espléndido, con aficionados de todo el mundo, turistas, locos del ciclismo sin remedio como yo, curiosos, barceloneses. Además, en lo deportivo, fue también una etapa sensacional, como cuento antes de entrar al teatro en mi blog de ciclismo, porque para mí escribir de algo es como vivirlo dos veces, porque contar aquello que me apasiona es celebrarlo y disfrutarlo todavía más, y también fijar con palabras los recuerdos, cultivar la memoria.
Lunes. Último día de paso del Tour por tierras catalanas. La salida es desde Granollers y, naturalmente, allá que me voy. Ya de camino, me alegra ver coches de la organización y periodistas que acuden al mismo sitio que yo. Las señales de tráfico muestran la distancia a Francia, menos de 140 kilómetros y aún queda algo de recorrido hasta la ciudad. La carrera cruzará la frontera, pero antes quedará una última oportunidad de ver de cerca la ciudad rodante del Tour. Disfruto mucho al ver lo que tiene de fiesta popular la salida de la carrera francesa. La ciudad entera se echa a la calle.
Ya en Barcelona me encantó ver tanta diversidad entre el público, porque había muchos aficionados un poco locos como yo, de los que reconocemos a muchos de los ciclistas a su paso y estamos al tanto de cada detalle de la prueba, pero también hay personas que posiblemente no podrían decir el nombre de tres corredores que compiten en el Tour. Y es fabuloso que así sea, porque significa que el deporte y la carrera que amamos trascienden a la afición incondicional y un poco enloquecida de quienes somos fieles. Es un entretenimiento para todo el mundo, pequeños y mayores, aficionados al ciclismo o no. Es un espectáculo digno de ver.
De nuevo, con una ilusión infantil, como la de un chiquito francés que aguarda ver a Paul Seixas, que a sus 19 años es la gran esperanza del ciclismo francés, enfrente del bus de su equipo. Lo veo a él y a muchos otros ciclistas, porque este deporte es el más cercano de todos, porque puedes estar al lado de sus estrellas con mucha más facilidad (y mucho más barato) que en cualquier otro deporte.
Minutos después de la salida de la tercera etapa, Granollers recupera la normalidad de un caluroso lunes de julio, pero el Tour deja tras de sí un rastro de prendas amarillas de todos los tipos, abanicos de cartón, gorras, souvenirs de los patrocinadores y muchas, muchas sonrisas. Tras ver salir la carrera, me dirijo de vuelta a Barcelona, recordando el título de aquel bello libro del escritor barcelonés Terenci Moix, No digas que fue un sueño. Me lo tendré que recordar cada vez que vengan a mi mente estampas de estos días. No ha sido un sueño, no, ha sido algo mucho mejor, una de las mejores experiencias de mi vida. En Barcelona, la ciudad de los prodigios, dónde si no.
Ahora toca volver a la rutina, el trabajo y todas esas cosas que nos alejan un poco de nuestro niño interior, esa ficción tan seria e inoportuna de afrontar responsabilidades y actuar como adultos, como si nos importaran de verdad según qué cosas, como si lo que quisiéramos no fuera tan sólo seguir jugando, imaginando y soñando. Pero el Tour sigue, no ha hecho más que empezar, para recordarnos que ese niño interior está ahí y que, durante unos días calurosos e inolvidables en Barcelona, disfrutó como el enano que, en el fondo, nunca dejaremos de ser.



















Comentarios