“El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado”, escribió Rousseau en su influyente El contrato social, en el que critica toda construcción social, porque aleja al ser humano de su natural estado de libertad. En otra de sus obras, el filósofo francés explicó su concepto del buen salvaje, con el que defendía que el ser humano es bueno por naturaleza, que son las instituciones creadas para ejercer el poder las que lo vuelven egoísta. He recordado esta imagen del buen salvaje, y también la maravillosa obra teatral Voltaire/Rousseau, la disputa, al leer el estupendo Como bestias, de Violaine Bérot, editado por Las afueras con traducción de Pablo Martín Sánchez.
El propio traductor de la obra afirma en el texto de la contraportada con mucho tino que esta novela que ha traducido del francés “actualiza el mito del buen salvaje, cuestionando las fronteras entre lo humano y lo animal, entre lo íntimo y lo social, entre lo ficticio y lo real; entre el bien y el mal”. Imposible describirlo mejor con menos palabras. Con razón dicen que traducir un libro es, de alguna forma, reescribirlo, y que aporta una mirada privilegiada a la lectura.
Es un libro tan breve como emocionante que entremezcla con maestría recursos de distintos géneros. En parte, es un libro de intriga, porque lo que leemos son fragmentos de interrogativos policiales a los vecinos de un pueblito de la montaña donde algo ha ocurrido con una niña que vivía en el valle con un hombre al que todos llaman el Oso. Pero también tiene mucho de fábula y de imaginación desbordada, porque se menciona con frecuencia la leyenda de unas hadas que ven “en el mundo de ahí abajo encerrar entre cuatro muros a los que se salen del rebaño, los extraviados”, y cuyas voces también leemos en este libro. Parece una historia fantástica, pero su tercer gran pilar es el social, ya que aborda también el machismo estructural y la violencia contra las mujeres.
La novela va soltando con cuentagotas la información, así que no conviene desvelar más de lo estrictamente necesario. Es una obra conmovedora porque consigue, a través de esas voces fragmentadas, de esos interrogatorios policiales a los vecinos, que el lector se construya su composición de lugar. A través de lo que cuentan otros sobre él, vamos conociendo al chico corpulento que no se integró en el pueblo, al que hicieron la vida imposible en la escuela y que tiene una sensibilidad especial con los animales. Y, siempre con ese mito del bien salvaje como referencia, a medida que avanza la historia nos preguntamos quiénes son las bestias de esta historia, quiénes los salvajes.
La obra muestra el sensacionalismo de cierta prensa ante noticias escandalosas, la mirada intolerante de la sociedad con el diferente, la rigidez de las normas y las construcciones sociales, la cerrazón que nos rodea. De la mano de esa diversidad de voces, ese coro que representa al pueblo y simboliza a la sociedad y sus construcciones e instituciones, sus imperativos e imposiciones, se construye una lírica y bellísima historia sobre la aceptación del que se sale de la norma, que aterra a quienes son alérgicos a la diferencia.
Como sucede siempre con las buenas fábulas, esa fantasiosa figura de las hadas que viven en una gruta en medio de la montaña crean una poderosa alegoría sobre uno de los males de nuestro tiempo, la violencia ejercida contra las mujeres. Porque si algo es estructural en la sociedad, esa cuyas construcciones criticaba con dureza Rousseau, es el patriarcado. Como bestias, en fin, es un bello, delicado y poderoso ejercicio de buena literatura, como los que tiene acostumbrados a editar Las afueras, un sello editorial que nunca falla. Lo primero que hago nada más terminar de leer el libro es buscar otros títulos de Violaine Bérot. Afortunadamente, hay varios de ellos en francés y también alguno más traducido al español como Caída de las nubes, editado también por Las afueras. Entra directamente en la extensa lista de lecturas pendientes.

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