Síndrome 1933

 

Afirma Siegmund Ginzberg casi al final de Síndrome 1933, su ensayo editado por Gatopardo con traducción de Bárbara Serrano Kieckebusch, que “las analogías no representan una predicción. Parecen palabras que intentan ser tranquilizadoras después de haber mostrado los no pocos paralelismos entre la llegada de Hitler al poder en Alemania y nuestros días, pero enseguida el autor matiza que las analogías no representan una predicción, entre otras cosas, porque lo que venga después siempre podría ser peor

No, Siegmund Ginzberg, no es precisamente optimista sobre el mundo el el que vivimos. Su obra no busca tanto ser un ensayo histórico como una especie de aviso a navegantes. El autor italiano cree que asistimos a un muy inquietante déjà vu, con el sistema democrático en crisis y auge desmedido de formaciones de extrema derecha y de discursos de odio. El libro explica cómo llegó Hitler al poder y la inusitada facilidad con la que prohibió medios de comunicación, ilegalizó partidos y terminó con la democracia.  

En su extensa bibliografía, el autor cita el extraordinario A treinta días del poder, de Henry Ashby Turner, y el muy interesante Creían que eran libres, de Milton Mayer. Las analogías con el tiempo actual son bastante aterradoras. El ensayo muestra el papel que jugó la derecha tradicional, liderada por Alfred Hugenberg, magnate de los medios, en la llegada de Hitler al poder. Entre otras razones, porque se creía que al final se terminaría moderando en el ejercicio del poder al lado de formaciones aparentemente más centradas y tradicionales. Mientras tanto, en la izquierda, los socialdemócratas y los comunistas se peleaban entre ellos. Es más, la izquierda “parecía desafiar, casi alentar a la derecha y al centro a negociar con Hitler”. ¿Nos suena de algo? 

Recuerda el autor que en 1938 quedaban apenas una docena de democracias europeas, todas amenazadas por estallidos de populismo fomentados en parte por una especie de internacional ultranacionalista. Gran parte del discurso del partido nazi se centró en el odio a los judíos, que es perfectamente equiparable al odio a los inmigrantes que de forma tan peligrosa se extiende en nuestros días. Recuerda el autor que los nazis no inventaron el antisemitismo, pero lo exacerbaron. “No hace falta ser nazi para sembrar el odio y atacar a los inmigrantes. Basta con que eso atraiga votos”, afirma. 

Cuando se analiza el auge del extremismo en nuestros días y cuando se estudia el auge del nazismo en Alemania en los años treinta es importante no obviar la incómoda cuestión de por qué tantos ciudadanos apoyan posturas radicales llenas de odio. Entre 1928 y 1933, los nazis ganaron 16,5 millones de votos, al pasar de 800.000 votos a 17,3 millones en esos cinco años.  

La economía primó en las elecciones y el populismo fue clave. Victor Klemperer escribió que “la palabra pueblo (Volk) se usa tan a menudo, al hablar y al escribir, como la sal en la comida; a todo se le añade una pizca de pueblo. Una de las primeras medidas de los nazis fue crear la llamada Dirección para el Bienestar del Pueblo, ayudas sociales sólo para los alemanes, la prioridad nacional de la época.  

El autor muestra las distintas opiniones de los economistas sobre la gestión económica de Hitler, con tasas de crecimiento muy elevadas. Es muy interesante la figura de su ministro de Economía, Hjalmar Schacht, quien ideó unos certificados de cambio emitidos por el Instituto de Investigación para la Industria Metalúrgica con los que se abonaban los pedidos de material militar a la industria pesada y que tenían un interés del cuatro por ciento anual. Con ellos evitaba el efecto inflacionista y burlaba la prohibición de financiar su rearme, aunque a la larga condujo al país al borde de la bancarrota. 

El clima de opinión fue favorable a la llegada de un partido extremista al gobierno. Más allá de la economía y la demagogia nacionalista, hay otras razones que lo explican y que, de nuevo, resuenan tristemente con la actualidad. Por ejemplo, el tratamiento morboso dado por los medios de comunicación a sucesos y crímenes atroces contribuyó a que la apertura de los primeros campos de concentración, muy publicitada, fuera aplaudida por la sociedad, pues se vendió como una medida expeditiva contra la delincuencia. 

Lo mismo sucedió con los despidos masivos de ciudadanos judíos de la administración pública, que fue bien recibida por una parte no menor de la población porque liberaba puestos de trabajo. No es casual que esa medida llegara precedida por años de mensajes antisemitas en medios como Stürmer, un periódico impulsado por un dirigente nazi en el que las cartas de los lectores llenas de odio eran equiparables a los mensajes que hoy encontramos en redes sociales. 

El odio a los judíos de Hitler era deplorable, pero tristemente conectaba con el sentir de demasiados ciudadanos, igual que hoy existe una inquietante xenofobia y un rechazo a los inmigrantes. En la Conferencia de Evian de 1938, la comunidad internacional fue incapaz de ponerse de acuerdo para articular un programa que acogiera como refugiados a los judíos que Hitler quería expulsar y a muchos de los cuales terminó exterminando. Los partidos de izquierdas no se aliaron con Hitler, pero fueron incapaces de dejar a un lado sus diferencias, mientras parte del voto obrero abrazaba el nazismo que, entre otras cosas, reinstauró la fiesta del 1 de mayo. 

Mención aparte merece lo ocurrido con la prensa. Hitler prohibió desde el principio los periódicos de izquierdas y terminó controlando todos los demás, incluidos los medios judíos, que le rendían pleitesía bajo amenazas. El nazismo tuvo a la radio, entonces gran medio de masas, como su mayor aliado de su plan propagandístico. En Alemania había 66 diarios y 4.000 cabeceras, la mayoría locales, más que los rotativos de Francia, Italia y Gran Bretaña juntos. Los nazis, y antes que ellos, el irresponsable sensacionalismo de algunos medios, que deterioró la confianza ciudadana en la democracia, acabaron con todo. 

El ensayo, que ya digo, no es precisamente tranquilizador, por las indudables analogías entre 1933 y nuestro tiempo, incluye un capítulo dedicado a quienes supieron predecir mucho tiempo antes de que ocurrieran los desmanes del nazismo. Un ejemplo asombroso es el libro La ciudad sin judíos, de Hugo Bettauer, publicado en Viena en 1922, en el que se contaba la historia de un canciller que ganaba las elecciones con la promesa de expulsar a todos los judíos. En la novela, nos cuenta Ginzberg, hay un final feliz, porque la población se percata de que la economía se hunde y la sociedad se empobrece sin los judíos. En la realidad, bien lo sabemos, lo que ocurrió fue muy distinto y fue tan espantoso que debería servir como vacuna ante el odio y la sinrazón. Por desgracia, no es eso lo que está ocurriendo. No parecemos haber aprendido la lección. Libros como Síndrome 1933 intentan, quizá a la desesperada, que despertemos mientras no sea demasiado tarde. 

Comentarios