Golpe a la democracia


El asalto al Capitolio por parte de algunos partidarios de Trump es el enésimo aviso del riesgo de la polarización política, los discursos que dividen a la sociedad y los bulos hechos a medida de los prejuicios ideológicos de cada cual. Sería muy arrogante pensar que lo que sucede en Estados Unidos, una democracia de 250 años, es cosa suya, que ocurre porque allí hay mucho radical con pistolas. También sería simplista reducir la gravedad de lo sucedido ayer a la figura de Trump, porque Trump ha incendiado el país, sí, pero también ha sabido canalizar un clima de opinión que ya llevaba percibiéndose años. Trump es a la vez causa y consecuencia de la fractura social en Estados Unidos, en cuyo espejo es imposible no mirarse. 

No se trata de atender a los discursos hiperventilados de algunos políticos y analistas españoles, que corren a hacer comparaciones de trazo grueso con lo ocurrido en Estados Unidos, sino de tomar nota de lo importante que es defender la democracia, de lo frágil que es, incluso allí donde lleva asentada más de dos siglos, y del daño de los discursos del odio. No sale gratis enviar mensajes radicales y de confrontación. Tiene consecuencias presentar a la otra mitad de la población como un grupo de personas crimínales y malvadas que quieren destruir tu país. No es inocuo emplear determinadas palabras para hablar de tus adversarios políticos. No es lo mismo hacer una crítica sosegada y bien argumentada de este o aquel político que tildarlo de ilegítimo y dictatorial. Deformar la realidad y mentir abiertamente, sólo para intentar tener siempre la razón y machacar al adversario, tiene consecuencias. 

En Estados Unidos más de 74 millones de personas han votado a un señor que construye su proyecto político, por llamarlo de alguna forma, en las mentiras y en el odio a buena parte de la población estadounidense. Es obligado pararse a pensar cómo hemos llegado hasta aquí, cómo es posible que el 40% de la población estadounidense crea de verdad que las elecciones del pasado noviembre fueron fraudulentas. Los energúmenos que asaltaron ayer el Capitolio están convencidos de que les han robado las elecciones, como ayer de forma irresponsable volvió a repetir Trump en un discurso grabado que compartió por Twitter, en el que pidió a los asaltantes que volvieran a casa, pero en el que también les dijo que los quería, que eran muy especiales (en eso no le quitaremos la razón) y que comprendía lo que sentían. 

Haríamos mal en restar importante a lo sucedido en Estados Unidos y haríamos todavía peor si en España intentamos utilizarlo para restregárselo en la cara al de enfrente. Más convendría que tomáramos nota y viéramos lo que ocurre cuando cada parte de la sociedad se construye su realidad alternativa. Un dicho periodístico muy frecuente es aquel de “las opiniones son libres, los hechos son sagrados”. Es lógico y saludable que en una democracia cada uno tenga sus opiniones, naturalmente, pero no es posible que cada uno tenga sus hechos. Estamos ya en ese punto en el que la gente busca reafirmar sus prejuicios en los medios, en vez de intentar saber cuál es la verdad, que está ocurriendo en realidad, beneficie o no a los suyos. Las redes sociales contribuyen a ello. El uso que se hace de ellas, mejor dicho, porque construimos nuestras burbujas en las que todo el mundo piensa igual que nosotros y los de enfrente son unos perversos fascistas o comunistas, sin término medio, sin posibilidad de diálogo. 

No sé si tomaremos de verdad nota de la situación tan alarmante que vive Estados Unidos, insisto, una democracia de más de 250 años, o si también esto servirá para alimentar los prejuicios y la ideología de cada cual. Viendo la reacción de ayer de algunos políticos, me temo que será más bien lo segundo. Ayer había quien comprara una manifestación a las puertas del Congreso con un asalto al Capitolio y también quienes sólo veían el fanatismo en los de enfrente. Porque esa es otra, los fanáticos siempre son los de al lado, los que piensan distinto. Es asombrosa la capacidad de detectar fanáticos en la derecha que tienen las personas de izquierdas y viceversa, claro. Los radicales y antidemocráticos sin siempre los de enfrente, jamás nosotros ni los nuestros. Y así nos va. No entendemos que cada vez que ridiculízanos a quienes ni piensan como nosotros estamos alimentando una polarización política y una fractura social que son muy peligrosas. Para hablar claro, podremos criticar las medidas de Pedro Sánchez o de Isabel Díaz Ayuso, o incluso, si tenemos un poco de criterio, las de ambos, pero no podemos decir que Sánchez o Ayuso sean gobernantes ilegítimos o que deseen el mal de sus ciudadanos o que sean la personificación del demonio en la tierra. 

El golpe a la democracia en Estados Unidos dejó también un error clamoroso de seguridad en el Capitolio, que por alguna razón ayer no estaba tan blindado como en manifestaciones anteriores, como las del Black Lives Matter. Tendrá que ser investigado también. Se diría que la dureza policial con tipos que asaltaron la sede de la democracia estadounidense no es equiparable a la que se ejerció sobre activistas de los derechos civiles. 

Afortunadamente, el golpe a la democracia se sofocó y la sesión  en la que se estaba reafirmando la proclamación de Joe Biden como el próximo presidente del país se reanudó pasadas unas horas. Es un mensaje potente: la democracia resiste, porque es más fuerte que un grupo de radicales, incluso aunque estén instigados por el presidente. Es otra lección de lo vivido ayer en Estados Unidos: la democracia y las instituciones importan, tienen valor en sí mismas. El escrupuloso respeto a las instituciones y a los procedimientos legales es trascendental en la democracia. Y uno de esos principios más elementales es aceptar lo que decida la mayoría de los ciudadanos en las urnas y no cuestionar el resultado de unas elecciones porque no nos guste, igual que en España no podemos decir que este o aquel diputado, elegido de forma democrática en unas elecciones, no es legítimo. Respetar las instituciones es clave, igual que lo es cuidar las palabras que se eligen en los discursos políticos. Se puede y se debe criticar en libertad, incluso con dureza, a los gobiernos, naturalmente, pero no se puede insultar ni mentir descaradamente para dividir a la sociedad. Porque se empieza mintiendo y polarizando y se termina invadiendo el Capitolio. Ojalá esto sea el fin de la escapada del populismo fanático, pero mucho me temo que si no queremos comprender las causas de lo sucedido los últimos años en Estados Unidos, pero no sólo allí, el populismo tendrá una larga vida. No sale gratis ser fanáticos y negarles la legitimidad o el más elemental respeto a los políticos de enfrente, por muy alejadas que estén sus posiciones de las nuestras, siempre que las defiendan con métodos democráticos. Hay que cuidar la democracia. En Estados Unidos, 250 años después, quizá ayer muchos empezaron a entenderlo. 

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