Ahora que La bola negra, la extraordinaria película de los Javis, ha conmovido a tantas personas en las salas de cine al recordarnos el horror de la Guerra Civil y cuántas historias de amor hay enterradas en los campos en nuestro país, es un buen momento para preguntarnos por todo lo que las personas de las generaciones que no vivimos aquello desconocemos sobre la contienda fratricida que marcó la vida de nuestros abuelos. Porque, en contra de lo que defienden aquellas personas que consideran que ya hay demasiadas películas y demasiados libros sobre la guerra, que hay que pasar página de una vez, lo cierto es que aquella contienda fue tan devastadora y tuvo un impacto tan descomunal en la historia de nuestro país, de nuestras familias, que quedan aún muchas historias que contar, muchos ángulos distintos desde los que abordar la Guerra Civil.
Pensaba en todo lo que falta por contar y en todo lo que aún desconocemos de aquella contienda al leer Escrito para el enemigo: Guadalajara en guerra 1936-1939, el libro de José Romero Serrano, editado por Intermedio Ediciones, que se centra en el análisis de las relaciones civiles-militares durante este período en aquella provincia, que es la del pueblo de mis eternos veranos de la infancia, Cifuentes. Sabía que allí la guerra había tenido un impacto, por alguna historia escuchada en casa y por las cicatrices visibles en Santo Domingo, uno de los grandes monumentos del pueblo, que fue bombardeado, pero desconocía hasta qué punto mi querido pueblo había sufrido durante estos tres años. Cifuentes aparece citado a menudo en las páginas de este libro minucioso y a la vez didáctico, que hace un muy riguroso recorrido por el impacto de la Guerra Civil en Guadalajara.
“La violencia, nunca como en una guerra civil, hacía a la guerra incivil. Lo invadía todo”, leemos en una de las partes finales del libro. El autor explica que fue una época de violencia desmedida y guerra extrema en la que terminó resultando imposible separar los estamentos sociales y los militares, y en la que se perseguía la destrucción del enemigo. En medio de este espanto, también resalta cómo algunas personas hicieron todo lo posible para evitar represalias contra vecinos del otro bando. Entre otros, cita al gobernador civil Benavides, al mayor anarquista Mera y a los alcaldes de Guadalajara, Budia, Cifuentes, Casas de San Galindo y Fontanar. Porque en medio de esa devastación, de ese entorno de odio y sinrazón, hubo buena gente que podía defender unas ideas u otras, pero que defendieron heroicamente la vida de sus supuestos rivales.
Confieso que suelo perderme con facilidad en los libros sobre guerras que analizan detalladamente cada batalla, con planos sesudos y relatos sobre armamentos, tropas desplegadas y estrategias. El autor es minucioso al contar el impacto de la guerra en Guadalajara y las estrategias de los dos bandos, el sublevado y el republicano, pero lo hace con una clara vocación didáctica, con mucha claridad y también intercalando siempre testimonios de fuentes históricas o incluso de diarios de personas que vivieron lo narrado. No deja en ningún momento de lado el aspecto humano de la guerra, el desastre social que supuso.
Como explica Romero Serrano, “la Guerra Civil en Guadalajara se puede resumir en tres batallas o campañas: la de 1936, con la toma de Sigüenza y la campaña del Henares; la de 1937, con la batalla de los italianos (Guadalajara en el mes de marzo) y la campaña de primavera del IV Cuerpo del Ejército en la Alcarria, y la de 1938, con la batalla de Abánades u ofensiva del Alto Tajuña en un frente estabilizado”. Tras el golpe, la mayoría de los pueblos de la provincia estuvo al lado del gobierno republicano, pero las mayores localidades de Sierra Norte y Molina de Aragón cayeron del lado nacional con rapidez. Sigüenza, cabeza del partido y sede del episcopado, pasó a ser la gran prioridad de los sublevados y, tras caer, se convirtió en la ciudad de retaguardia del bando nacional, con cuatro hospitales militares y centros de comunicaciones y de transporte, depósito logístico y de municiones.
Hay datos impactantes en el libro, como que desde el principio de la guerra hasta el 1 de junio de 1938 hubo 83 bombardeos, 18 localidades alcanzadas y 282 víctimas en la provincia. Por ello se habilitaron refugios, generalmente muy precarios, para intentar proteger a la población.
Más allá del relato de aquellas batallas, ya digo, lo que más me impacta e interesa del libro son las historias personales que relata. Por ejemplo, las de las milicias de Aranjuez, que irrumpieron en la Alcarria para combatir al bando nacional y defender la República. Inicialmente 113 milicianos independientes de la Columna de Guadalajara que detuvieron y fusilaron a personas de derechas. En enero de 1937 había 300 miembros de esas milicias en Cifuentes. Al final de la guerra, todos los miembros fueron condenados a muerte y ejecutados. También llegaron allí hasta la Alcarria las milicias aragonesas.
En marzo de 1937, Mussolini buscó tomar Madrid y desplazó un cuerpo de ejército completo. Varios se asentaron en Brihuega, donde fusilaron a 36 personas acusadas de simpatizar con la República, incluido un matrimonio de ancianos maestros. El libro también cuenta la historia del soldado músico Buenaventura Leris, que escribió en su diario el 2 de marzo de 1939 lo mucho que le estremeció presenciar “el tétrico fusilamiento de tres traidores”.
La obra menciona igualmente otras historias personales como los frecuentes intercambios de productos y periódicos entre soldados de ambos bandos en las zonas de tierra de nadie o los vínculos que algunos milicianos y combatientes desarrollaron con la región, como muestra la sardana Catalans a l’Alcarria.
Las tropas nacionales entraron en Guadalajara a finales de marzo de 1939. Acabó entonces la guerra en la provincia, pero no lo peor, porque después llegó la represión franquista. El libro explica, por ejemplo, que en Cifuentes la represión fue mucho más dura que la guerra, con fusilamientos y atropellos contra vecinos de izquierdas.
Entre los distintos textos que complementan el ensayo hay un poema de Miguel Hernández que desconocía en el que el poeta, comprometido con la República, se dirige a Mussolini y alude a la presencia de tropas italianas en Guadalajara, que es un testimonio lírico sobre aquella intervención fascista en la guerra que desgarró a nuestro país y de la que, digan lo que digan algunos, todavía nos queda tanto por descubrir.
Ven a Guadalajara, dictador de cadenas,
carcelaria mandíbula de canto;
verás la retirada miedosa de tus hienas,
verás el apogeo del espanto.
Rumorosa provincia de colmenas,
la patria del panal estremecido,
la dulce Alcarria, amarga como el llanto,
amarga te ha sabido.

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