Tras leer Mis cambios de opinión, el pequeño y encantador ensayo de Julian Barnes, publicado por los nuevos cuadernos de Anagrama, con traducción de Jaime Zulaika, es inevitable que el lector se pregunte a sí mismo por sus propios cambios de opinión. Cuántas veces lo ha hecho últimamente, en qué ámbitos y cuánto le ha costado reconocerlo. Porque solemos confundir la tozudez con la coherencia y cambiar de opinión es algo que está mal visto. Los debates, de hecho, deberían provocar muchos más cambios de opinión, porque dialogar con otra persona debería ir de intercambiar puntos de vista y argumentos, y no tendría que ser tan difícil que alguno de esos argumentos nos convencieran hasta el punto de cambiar nuestra forma de pensar sobre un tema determinado. Esto pasa poco y diría que cada vez menos en este contexto determinado tanta polarización.
En el libro, escrito con mucho sentido del humor, Barnes explora en qué ha cambiado de opinión a lo largo de su vida. El autor británico celebra la frase del dadaísta Francis Picabia, quien afirmó que “tenemos la cabeza redonda para que nuestros pensamientos puedan cambiar de orientación”.
Con mucha gracia e ironía, Barnes habla, por ejemplo, de la poca fiabilidad de los recuerdos y también de su postura ante los cambios en el idioma, campo en el que suele haber auténticos totalitarios. Me cae bien Barnes por su postura relajada. Se define como un relativista liberal en relación con las palabras, aunque luego desarrolla una serie de frases hechas y de expresiones que le irritan.
Quizá el ámbito en el que más cuesta que alguien cambie de opinión es el de la política. El autor pone como ejemplo las tertulias políticas en televisión, en la que nunca nadie jamás aceptó que el argumento de otra persona es mejor que el suyo y cambio de opinión por ello. Él considera que la vida personal y artística es mucho más importante que la política, un asunto del que nunca se discutió en su casa, por lo que no es alguien particularmente apasionado por la política. Cuenta que ha votado a seis partidos políticos a lo largo de su vida, pero que no considera que sea él quien ha cambiado de opinión, sino los partidos. El autor afirma que el centro político se ha desplazado a la derecha y recuerda una ocasión en la que preguntaron a la conservadora Margaret Thatcher cuál había sido su mayor logro y ella respondió que “Tony Blair”, líder laborista más bien poco de izquierdas
“Cuando rememoro las innumerables conversaciones que he mantenido con amigos y colegas sobre cuestiones políticas a lo largo de las últimas décadas, no recuerdo ni una sola y clara ocasión en la que un solo y claro argumento me haya hecho cambiar de opinión…, o en la que yo haya logrado cambiar la del otro”, escribe. Creo que es algo en lo que cualquiera puede sentirse identificado, y no habla bien de nosotros, me parece.
“Siempre he supuesto que los liberales como yo tenemos opiniones moderadas que defendemos con moderada convicción. Pero no estoy seguro de que siga siendo así”, afirma, como preámbulo al pasaje quizá más interesante del librito, en el que detalla cómo sería su país ideal, que denomina la “República Benévola de Barnes”, en la que haría, por ejemplo, “un referéndum sobre el futuro de la monarquía que espero que ganen los monárquicos”. Desglosa cómo le gustaría que fuera el sistema económico, cuenta que aprobaría de inmediato la readmisión del país en la Unión Europea, que sería un país laico, en el que se acabaría con el planteamiento puramente utilitario de la educación y que atendería también a otras prioridades como que “todos los acontecimientos deportivos importantes (tal como yo los defina) volverán a emitirse en abierto por canales de televisión y páginas web”. Es genial.
Termina el capítulo dedicado a la política así: “por cierto, al escribir todo esto me percato de que he cambiado de opinión: tengo Firmes Convicciones y las defiendo con Firme Convicción”.
Los dos últimos capítulos están dedicados a sus cambios de opinión sobre la madurez y el paso del tiempo, por un lado; y sobre un libro o un escritor, por el otro. Respecto a esto último, cuenta que a medida que ha ido creciendo y ha ido leyendo más, cada vez me le gusta menos que le digan cómo tiene que vivir, tampoco el arte que aparenta desafiar al público para luego acabar confirmándole que está en el lado correcto. Alaba la reflexión de Flaubert cuando dijo que “no se hace arte con buenas intenciones”. También explica que, a veces, nuestros gustos lectores se vuelven más restringidos, y comparte sus cambios de opinión sobre Simenon y E. M. Forster. Yo no había leído nada de Barnes hasta ahora y me he formado una opinión muy favorable que espero no cambiar cuando profundice en su obra. Iremos informando.

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