Cuando uno es niño no es consciente de cómo le marcarán en el futuro las vivencias de la infancia, porque se dedica simplemente a vivir. A medida que vamos cumpliendo años, sin embargo, vamos entendiendo cada vez más que estamos hechos en buena medida de recuerdos. A veces, cuando vivimos algo emocionante y que significa mucho, casi estamos recordándolo a la vez que lo vivimos, como si quisiéramos construir el recuerdo antes incluso de terminar de experimentarlo, pero, por lo general, rara vez sabemos en tiempo real la huella que nos dejará una experiencia. Como aquella frase estupenda que le leí a Rafael Reig en Para morir iguales, “uno nunca sabe el pasado que le espera”. De eso, de recuerdos de su infancia y adolescencia, sobre todo, pero no todo, también algunos más recientes en el momento en el que lo escribió el autor, está compuesto Me acuerdo, de Joe Brainard, editado por Sexto Piso con traducción de Julia Osuna Aguilar.
Fue un libro que impactó mucho cuando fue publicado pese a su sencillez, o precisamente por ella, porque es una idea tan aparentemente simple como lírica y bien ejecutada. Es un ejercicio literario sencillo y deslumbrante a la vez: de inicio a fin, frases que comienzan con “me acuerdo…” en las que el artista desgrana su memoria, vivencias, sueños, temores, ilusiones, alegrías, frustraciones y fantasías pasadas. Su vida, en definitiva. De él dijo Paul Auster, según se lee en la contraportada de la obra, que “es a la vez increíblemente divertido y profundamente conmovedor”, y también que era “uno de los pocos libros completamente originales que he leído”.
Había leído Me acuerdo, de Georges Perec, que está directamente inspirado en esta genial obra de Brainard. Frases cortas, sin orden aparente, sin numeración, a diferencia de la obra del autor francés. El gran mérito del libro es la propia ocurrencia, la idea genial de contar de este modo su infancia, los recuerdos que lo moldearon. El gran reto, mantener el pulso y el interés del lector, ya que es una sucesión de mantras, de frases con idéntico comienzo y estructura. Intuyo que éste es el clásico libro que se le hará bola a algunos lectores, yo entiendo perfectamente, pero conmigo sí consigue mantener mi atención hasta el final.
Brainard escribe sobre pequeñas cosas, porque en el fondo lo que marca nuestra vida, lo que recordamos de verdad con una sonrisa, casi nunca tiene la menor relación con grandes acontecimientos o sucesos políticos. Nos acordamos mucho más del sabor del helado que tomábamos frente a la playa o del paseo en el pueblo cada verano que de este presidente o aquella noticia, por más que haya gente que parezca vivir adicta al politiqueo. La vida, la vida de verdad, es otra cosa.
El autor escribe sobre arte, su vocación, sus días en la escuela, sus comidas preferidas, sus fiestas, la sexualidad, los recuerdos de sus padres, los miedos infantiles, sus sueños y fantasías, prendas de ropa, programas de televisión, viajes, conversaciones… En estas frases cortas en las que enumera sus recuerdos convive lo frívolo, ligero y cotidiano con lo más serio, aunque hay mucho más de lo primero, porque huye de la solemnidad. Con todo, escribe, por ejemplo, “me acuerdo de cuando los negros tenían que sentarse en la parte de atrás del autobús”. O “me acuerdo de que me preguntaba por qué, si Jesús podía curar a los enfermos, no curaba a todos los enfermos”.
Hay recuerdos geniales por disparatados (“me acuerdo de haber pensado en arrancar la página 48 de todos los libros que leyese en la biblioteca pública de Boston, pero perdí pronto el interés”), por suculentos (“me acuerdo de la Segunda Avenida y de las tartas individuales de fresas del Ratner’s”), por sencillos (“me acuerdo de muchos septiembres”), por reflexivos (“me acuerdo de lo triste y feliz al mismo tiempo que me hacían sentir los villancicos: un calor por dentro”) o por reveladores del descubrimiento de su propia sexualidad (“me acuerdo de que Rock Hudson ‘todavía está esperando a que aparezca porque chica adecuada’”), entre otros muchos.
Hay épocas del año especialmente propicias para construir recuerdos y alimentar nuestra memoria, en palabras de Borges, ese montón de espejos rotos. Quizá el verano es la época de los recuerdos por excelencia, sobre todo, esos veranos eternos de la infancia. Escribió Brainard en este libro, su obra más recordada, que cada año a la vuelta de las vacaciones les pedían escribir una redacción en el colegio contando lo que habían hecho en los meses anteriores. “Me acuerdo de que solía decir que había nadado mucho (mentira), había pintado mucho (verdad) y hacía leído mucho (falso) y que el verano se había pasado muy rápido (verdad). Siempre era así y sigue siéndolo. O esa impresión me da cuando se acaba el verano”. Yo, por mi parte, me acordaré siempre del privilegiado lugar en el que leí este Me acuerdo de Brainard, apurando, precisamente, unas exquisitas vacaciones de verano en la mejor compañía.

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