Los miserables

 

Las personas a las que no les gustan los musicales (que las hay, porque tiene que haber gente para todo en esta vida), suelen decir que no entienden eso de que alguien que está hablando se ponga a cantar de repente. Es algo tan pintoresco como que a uno le extrañe que haya escenas de bombardeos en una película bélica, bailes en un espectáculo de danza o besos en una comedia romántica. Pero el caso es que hay gente a la que le vuela la cabeza que en un musical haya música y los actores y las actrices canten de pronto después de estar hablando. Esa pega no se la podrán poner a la formidable versión de Los miserables que se puede ver en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid. Porque toda la obra es cantada o recitada, además mayoritariamente en verso, y hay música durante todas las escenas. 

La obra, basada en la novela de Victor Hugo, es en gran medida el musical total. Por el aire operístico que le otorga el hecho de ser cantada en todo momento, por su exquisito texto en verso, por su calidad musical, sus deslumbrantes y constantes cambios de escenografía, las impecables interpretaciones de su elenco, su sensacional vestuario, la forma en la que pone los efectos audiovisuales al servicio de la trama y por la excelencia formal con la que narra esta historia universal. Ni los odiadores profesionales de los musicales podrían objetarle nada a Los miserables. Siendo, como soy, un amante del género, salgo del teatro fascinado y con la sensación de haber disfrutado de uno de los musicales más completos y más impecables en cada aspecto, en cada pequeño detalle, que he visto. 

Víctor Hugo publicó Los miserables en 1863. Más de 160 años después, aquella historia del expresidiario redimido Jean Valjean sigue emocionado a los lectores y, desde hace cuarenta años, cuando se estrenó por primera vez el musical ideado por Alain Boublil y Jean-Marc Natel en Londres, también a los espectadores teatrales. En estas cuatro décadas, el musical que ahora vuelve a Madrid quince años después de su etapa anterior en la ciudad, ha recibido 210 premios internacionales, ha sido visto por más de 150 millones de personas en 57 países y se ha representado en 22 idiomas. 

Lo universal de su historia apeló, por supuesto, a los ciudadanos de su tiempo, pero no ha dejado de emocionar a personas en todo el mundo desde entonces. Es la grandeza de los clásicos, de las historias que encierran muchos de los grandes temas sobre los que la humanidad en el fondo no hace más que dar vueltas desde que el mundo es mundo: el poder, el amor, el perdón, la justicia… Sigue habiendo rebeliones, injusticias e historias de superación. La humanidad no ha cambiado tanto desde entonces, por eso la historia de Los miserables continúa resonando en el presente.   


La historia ideada por Victor Hugo es un excepcional punto de partida para la obra, una base sólida, pero son muchos otros factores los que consiguen que sea uno de los musicales más completos que he visto en mi vida, y he visto unos cuantos, tantos como he podido, desde hace ya muchos años. La música de Claude-Michel Schönberg, que interpreta en España una amplia y notable orquesta dirigida por Enric García, es sublime, como lo son las letras de Herbert Kretzmer, traducidas al español por Albert Mas-Griera. Sus canciones, pura poesía, con melodías inolvidables y versos exquisitos, se quedan incrustadas en la memoria del espectador. 

El vestuario y la escenografía juegan siempre también un papel decisivo en los musicales, en especial cuando se trata de historias de época, como es el caso. Ambos aspectos fascinan, con constantes cambios de escenarios. Cada ropaje, cada rincón, cada mínimo detalle aparece cuidado hasta el extremo. Asombra la rapidez con la que, como por arte de magia, se pasa por toda clase de escenarios, todos ellos creíbles e impactantes. De una calle de París a unas barricadas, de un barco en alta mar a un mercadillo de pueblo lleno de vida. Éste es generalmente uno de los puntos fuertes de los musicales, que busca  sorprender con sus estructuras móviles y sus soluciones ingeniosas para recrear distintos escenarios, pero Los miserables entra en otra dimensión. Hay varias escenas de pasmo absoluto. 

El libreto y la duración de la obra hacen de este musical un reto especialmente complejo para los intérpretes, del que salen más que airosos. El muy extenso elenco, entre los que se encuentran Adrián Salzedo, Pitu Manubens, Teresa Ferrer, Malia Conde, Xavi Melero, Quique Niza, Nicole Quiala, mantiene el pulso trepidante de una obra que tiene una duración cercana a las tres horas, con un descanso de 15 minutos entre los dos actos. 

Todo, en fin, está en su sitio, todos los aspectos que contribuyen a la grandeza del espectáculo funcionan a la perfección, de la música a las interpretaciones, de la escenografía a la luz o los efectos de sonido, del vestuario a las imágenes de fondo, que se inspiran, por cierto en pinturas del propio Victor Hugo. Y, de fondo, claro, la maravillosa historia de redención, amor, revolución y humanidad de la novela original, que se enmarca en la rebelión del 5 y el 6 de junio de 1832, una insurrección antimonárquica tras la muerte del general Lamarque que fue reprimida con violencia en las calles de París. Una historia que reivindica el humanismo y la defensa de la dignidad de los miserables, los desheredados de todos los tiempos, que se antoja especialmente pertinente en este momento nuestro tan feo e inhumano. 

Tras disfrutar del musical pensé en cómo siempre han estado en cierta forma bajo sospecha las creaciones culturales con un enfoque social y crítico. Ya en su día, el libro de Victor Hugo recibió malas críticas, en parte, por mostrar simpatía por los revolucionarios. Otro tema que daría para un artículo distinto es cómo es curiosa la forma en la que a veces el sistema fagocita y monetiza obras que precisamente cuestionan los cimientos del propio sistema. O cómo el público burgués, urbanita, de orden, diríamos, de pronto se entrega con fervor durante tres horas a la historia de revolucionarios y pobres que se rebelan contra el poder establecido con soflamas que, fuera del teatro, les haría fruncir el ceño. Tras salir del Teatro Apolo caminamos para coger el metro en Sol, donde sigue la acampanada para pedir soluciones al gigantesco problema de la vivienda, en una plaza que ha sido un escenario de tantos momentos históricos y de tantos ecos revolucionarios, no sin ciertos paralelismos con la historia de resistencia y rebeldía vista poco antes sobre las tablas. Pero ésa, sí, es ya otra historia que, quién sabe, tal vez veamos algún día en un teatro. 

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