El oasis anual del Campoamor

 


El Teatro Campoamor de Oviedo, que ayer volvió a acoger la ceremonia de entrega de los premios Princesa de Asturias, se llama así el honor a Ramón de Campoamor, poeta del siglo XIX. La propuesta para que el teatro ovetense recibiera ese nombre fue de Leopoldo Alas Clarín, a quien el rey Felipe VI citó ayer en su discurso. El teatro abrió sus puertas nueve años antes de la muerte de Campoamor, que también fue senador y que escribió sobre sí mismo que su mejor retrato sería: “leyó por entretenerse; escribió para divertirse, vivió haciendo al prójimo todo el bien que pudo, y se morirá con gusto por olvidar el mal que muchos prójimos le hicieron”. 

No parece una mala carta de presentación ni tampoco un mal nombre para ser el escenario anual de ese oasis, esa especie de espejismo que cada tercer viernes de octubre representan en Oviedo estos galardones, nacidos en 1981 y cuyo prestigio no ha parado de crecer desde entonces. Los Princesa de Asturias convierten cada año el Teatro Campoamor en una gozosa celebración del arte, de la literatura, de la concordia y de la ejemplaridad. A veces también celebran, pese al boato y su vínculo con la principal institución del Estado, las voces críticas con el sistema, las miradas desde las afueras, hasta la rebeldía. 

En eso, los rasgos de quien le pone nombre al teatro que acoge la entrega de estos galardones también parecen especialmente adecuados para ellos. Campoamor fue poeta, pero también político; cultivó la lírica, pero desde el realismo; empleó el lenguaje como su herramienta de trabajo, con un tono a ratos satírico y hasta burlón, que suele gustar a muchos y, quizá, hacer enarcar cejas a otros en las tardes de octubre que desde hace 45 años nos hacen a todos mirar hacia Oviedo con ojos asombrados y oídos abiertos, listos para contemplar y, sobre todo, escuchar a los premiados, sus historias inspiradoras y sus discursos geniales. 

Si los Premios Princesa de Asturias son siempre una especie de sortilegio, algo propio de magia, porque por unas horas se abandona el ruido, las simplezas y las estupideces de este desquiciado mundo nuestro, abrazando la grandeza y lo sublime, aunque sólo sea de forma efímera, qué decir del alivio que supone la ceremonia de entrega de este año, que llega en medio de una precampaña electoral en España que mezcla los insultos, las bajezas, la falta de educación, los bajos instintos, el odio al contrario y la polarización extrema. Todo eso sigue ahí fuera, continúa siendo nuestra realidad, pero al menos este ratito en el Teatro Campoamor se nos recuerda que hay creaciones artísticas, proyectos científicos y causas sociales que trascienden el politiqueo y el tan español duelo a garrotazos.  

Cada año, Oviedo reúne a personas excepcionales en sus campos. El palmarés de este 2026 lo han compuesto la cantante Patti Smith, en Artes; el maravilloso Studio Ghibli, en Comunicación y Humanidades; los científicos David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer, cuyos trabajos en la secuenciación de ADN fueron fundamentales en la lucha contra el Covid-19, entre otros muchos usos en medicina, en Investigación Científica y Técnica; la asociación Bóveda Global de Semillas de Svalbard, que es una especie de arca de Noé bajo tierra que salvaguarda los cultivos mundiales en caso de catástrofes o necesidades urgentes, en Cooperación Internacional; el historiador Timothy Garton Ash, en Ciencias Sociales; el futbolista Leo Messi, en Deportes; el escritor Julian Barnes, en Letras, y Christina Koch, una de las astronautas que viajó a la luna en la misión Artemis 2, en la categoría de la Concordia. 


Lo mejor de la ceremonia volvieron a ser los discursos. El primer premiado en hablar fue Julian Barnes, quien compartió una bella defensa del poder del arte a lo largo de la historia. Sostuvo el genial escritor británico que las artes a menudo expresan versiones nuevas de verdades antiguas y reflexionó sobre la extraordinaria modernidad del Quijote. Contó que, cuando era joven, creía que el arte era progresivo y que cada evolución mejoraba la precedente, pero que cambió de opinión (uno de sus libros, por cierto, se titula precisamente Mis cambios de opinión).

 “Prefiero pensar que todos estamos sentados a una enorme mesa redonda, quizás en una venta manchega, hablando entre nosotros de nuestro trabajo en el curso de los siglos, e imagino a Renoir preguntándole a Velázquez cómo demonios pintó sus cuadros, que Voltaire rectifica el desdén que profesaba antaño a Shakespeare, que Flaubert, que se describía a sí mismo como un viejo romántico, manifiesta su veneración por nuestro Cervantes, y también, quizá, pone mala cara a ese inglés sentado en un taburete que tuvo la insolencia y la locura, un siglo después de la muerte del autor francés, El loro de Flaubert”, en referencia a una de las obras de Barnes. Un discurso sublime. 

Fue muy emotiva e inspiradora la intervención de la astronauta Christina Koch. Recordó la primera vez que visitó España, recién graduada en la universidad, cuando leyó en el titular de un periódico que la tripulación del transbordador espacial Columbia habían perdido la vida. Eran sus héroes, porque ella siempre quiso viajar al espacio. Diez años después de aquella noticia, recibió una llamada que le anunciaba que podía formar parte de la misión Artemisa 2. Y trece años después, contó, volvió a llorar, pero ya en el espacio, en una videollamada con su marido en la que éste le contaba que el seguimiento de su misión estaba uniendo a la gente en la tierra, más allá de diferencias ideológicas o sociales. Afirmó que “todos los seres humanos compartimos la misma esencia: la necesidad de sentir amor” y pidió no esperar a la siguiente misión espacial para “reconocer que todos los seres humanos somos compañeros de tripulación”, y para intentar ser empáticos y escuchar a los demás en nuestro día a día.  

Timothy Garton Ash dirigió su discurso a la princesa Leonor, a la que le dijo que nacer en Europa en 2005, como ella, era nacer en una Europa próspera, unida y libre que incluía al Reino Unido. Desde entonces, contó, hemos sufrido una sucesión de crisis y nos enfrentamos a muchas amenazas a esa Europa que hace dos décadas se daba por sentada. “El futuro de Europa y de la generación dependerán cada vez más de los europeos de su generación”, le dijo a la princesa. Dio tres claves para ese futuro necesario: el compromiso con la búsqueda verdad, amenazada en este mundo de algoritmos, tecno-oligarcas y tics autoritarios; la confianza, que está en crisis en las democracias occidentales y que deben promover las instituciones y la sociedad civil, y el tiquitaca, porque se preguntó si acaso es posible hablar en España en el año 2026 en presencia de Messi sin mencionar el fútbol. “El éxito requiere del genio individual y del trabajo en equipo”, explicó. 

La último premiada en hablar en la ceremonia fue Patti Smith, cantante y referente de la defensa de los derechos civiles, que combinó ambas facetas en su discurso. Cantó un fragmento de Wing para cerrar una preciosa alocución en la que resumió los puntos en común de todos los premiados. Afirmó que ha sido un honor hablar y cantar con gente joven estos días en Asturias. “Somos el mundo que nos rodea, podemos ser la revolución de la tierra”, recalcó, citando la letra de una de sus canciones más populares, People have the power, un lema de las luchas sociales. 

La princesa Leonor, que desde el año pasado ha adquirido más protagonismo en la ceremonia de entrega, hizo un buen discurso en el que no esquivó una de las preocupaciones centrales de los jóvenes hoy en día, los problemas en el acceso de vivienda. Entre los muchos ciudadanos que esperaban la llegada de los invitados a las puertas del Teatro Campoamor había una pancarta en la que se leía “ni casas sin gente, ni gente sin casas”. Leonor comenzó su discurso citando lo que la premiada María Zambrano le dijo a su padre, el entonces príncipe de Asturias, en 1981, en la primera edición de estos premios. Aquel día, la filósofa hablaba de esperanza y la princesa se preguntó cómo pueden mantenerla los jóvenes “en estos tiempos de desencanto social profundo, de descreimientos y desigualdades, de conflictos, extremismos, populismos”; tiempos en los que “muchos consideran falta de expectativas e imposibilidad de planear una vida, tener un buen trabajo, una casa”. Optó por no ser “ni ilusa ni apocalíptica, ni cínica ni dramática” para elogiar a los premiados, glosar sus méritos y defender la necesidad de confiar en su ejemplo, en especial, en estos tiempos caóticos. 

Por cierto, en esa glosa de los premiados, Leonor contó que su primer contacto con el estudio Ghibli fue con Ponyo en el acantilado, que su madre les llevó a ver, y que fue la primera película que su hermana Sofía vio en un cine. “El cine educa, claro, incluso cuando no se lo propone”, dijo la princesa. No está mal recordarlo en un momento en el que hay quien quiere censurar películas, por cierto. A Julian Barnes le dijo que ninguna IA podrá replicar la emoción que provoca su obra.

Tras las palabras de la princesa Leonor habló el rey, cuyas palabras en estos premios siempre son escuchadas con atención en busca de pistas y guiños a la actualidad política española. Contó que los premiados desarman la intuición equívoca de que la inteligencia artificial es más fiable que la humana. El rey se refirió a las elecciones venideras y lanzó una de esos mensajes que cada cual interpreta a su gusto y con el que nadie se dará por aludido, pero del que convendría que todos tomaran nota. “La democracia requiere compromiso diario, cívico y exigente, y un cuidado de sus formas e instituciones para seguir garantizando nuestra convivencia, para alumbrar la búsqueda del bien común que atienda y equilibre del mejor modo posible los legítimos intereses de todos los ciudadanos”, dijo. Concluyó su discurso citando a Borges para actuar guiados por la sinceridad y para tener algo valioso que devolver a la sociedad.

Como cada año, sonó el himno de Asturias, el más bello del mundo, interpretado por la Real Banda de Gaitas Ciudad de Oviedo, antes de que la princesa Leonor declarara abierta la convocatoria de los Premios Princesa de Asturias 2027. El último regalo de la ceremonia, la interpretación del bellísimo pasacalles El Xarreru, con el que los premiados abandonaron el Teatro Campoamor de Oviedo. 

Comentarios