Cifuentes



He escrito poco en el blog, el patio de mi recreo, aquí donde escribo de lo que más me apasiona, de Cifuentes, uno de los lugares por donde podrían empezar a buscarme si algún día me pierdo cansado del asfalto, el ruido y las prisas. Y he escrito tan poco de Cifuentes precisamente por eso, porque es un lugar muy mío, el escenario de mis veranos eternos y felices de la infancia, el de los días de cada año en el que el tiempo se detiene. He escrito aquí de viajes, de lugares, paisajes y monumentos descubiertos en España y por el mundo, pero casi nunca de Cifuentes, que forma parte de mí desde que tengo uso de razón, y donde atesoro muy felices recuerdos.  

Dicen que Cifuentes se llama así por la cantidad de fuentes, quien sabe si hasta cien, que brotan en el pueblo. Hay, de hecho, un precioso proyecto que busca rescatarlas y protegerlas, en el que hay muchas personas del pueblo involucradas. Consiste en apadrinar y comprometerse  a acudir de forma sostenida en el tiempo a una fuente. Además, en el pueblo nace el río Cifuentes, que va a desembocar en el Tajo en Trillo. Así que aquí el agua no escasea, algo de lo que dan cuenta los numerosos huertos y también el paisaje frondoso de las inmediaciones del río.


Según el INE, en Cifuentes, que se declara orgullosa capital de la Alcarria, viven 1.731 habitantes. Uno siempre presume de su pueblo, que para algo es suyo, y no quisiera caer en esa actitud que con tanta gracia ridiculiza Brassens en aquella genial Ballade des gens qui sont nés quelque part, sobre cómo la gente alardea y exagera las bondades de su terruño. Comparto esa actitud vital y soy alérgico al patrioterismo, aunque se trate de la patria chica, pero, con toda la objetividad de la que soy capaz tratándose de este lugar que siento como mío, diría que es un pueblo precioso con mucho que ver. 

Sin ánimo de convertir esto en una guía turística, podría empezar por Santo Domingo, antiguo convento del siglo XIV, cuya espadaña fue bombardeada en la Guerra Civil. Fue reconstruida, pero es visible el fragmento de la fachada que arrasaron las bombas. Al lado, la imponente Iglesia de El Salvador, que empezó a construirse en el siglo XIII, época aún del románico, y que alberga también los estilos gótico, renacentista y barroco. El convento de Santo Domingo, ahora centro cultural, y la iglesia, en la que el pórtico de Santiago es lo más reseñable y valioso, forman el conjunto monumental más imponente del pueblo. Al lado, por cierto, está la Casa Gallos, con una fachada preciosa y que alberga el mejor restaurante del pueblo y uno de mis restaurantes preferidos de cuantos he conocido en cualquier sitio, de visita obligada.  

El otro gran monumento de Cifuentes es su castillo, que fue mandado construir por don Juan Manuel en el siglo XIV, y que recientemente abrió a las visitas tras unas obras de rehabilitación. El castillo se puede contemplar desde casi cualquier punto del pueblo y, a su vez, desde sus faldas (o desde sus torres, cuando se visita) ofrece unas vistas preciosas de Cifuentes. La balsa, las ermitas de la Soledad, el Remedio y San Roque, la plaza mayor o el cerrillo de la Orca son otros de los rincones que hacen de Cifuentes un pueblo muy atractivo. 


Hoy, 14 de septiembre, se celebra el día grande de Cifuentes, el de su patrón, el Cristo de la Misericordia. En los días previos, ya con ambiente festivo en las calles, pude disfrutar después de muchos años del concierto de la Rondalla cifontina, toda una institución cultural del pueblo, y de la maravillosa romería en la ermita de la virgen de Loreto en la Cueva del Beato. Me encantó el concierto de la Rondalla, que fue fundada en 1976 y que lleva desde entonces cuidando con mimo y rescatando del olvido la música popular. El concierto se celebró en el cine San Francisco, otro lugar al que tengo mucho cariño, antiguo cine, ahora teatro que acoge toda clase de representaciones culturales. Allí hace unos años vi Un rumor de sangre, una preciosa obra sobre Lorca. 

Después de muchos años, me hizo mucha ilusión volver a la romería a la ermita de la Cueva del Beato, llamada así en honor al beato Bibiano Gil, que fue asesinado allí en 1905. Más allá de esa historia trágica, la cueva del Beato es un lugar especialmente querido por los cifontinos y por todos los que, sin serlo, así nos sentimos. Siempre fue mi excursión preferida de niño. Allí subí muchas veces andando o en bici. El paisaje es bellísimo. Cualquier día es bueno para visitar la Cueva del Beato, pero el 8 de septiembre, claro, el día de la virgen del Loreto, es el mejor día para ello. Tras la novena en la ermita, llega la procesión de la virgen. Y después, la subasta para llevar uno de los palos con los que entra la virgen en la ermita o para quedarse con algunas de las cestas de rosquillas. La merendola con la gente querida y la charanga rematan una tarde perfecta que, de alguna manera, supone el pistoletazo de salida para las fiestas. Un día realmente entrañable. 

Cifuentes es también un pueblo con mucha historia, que nació en el siglo XI, sobre un antiguo asentamiento visigodo. Aquí nació la Princesa de Éboli, influyente noble del siglo XVI. Por aquí pasaron Larra y el padre de Víctor Hugo, militar francés, durante la guerra de la Independencia. Llegó a ser nombrado conde de Cogolludo y de Cifuentes. Aquí las tropas francesas se encontraron con El Empecinado. La gran batalla se libró, precisamente, el 14 de septiembre de 1810. De hecho, hace poco se recuperó una zarzuela ambientada en Cifuentes sobre esta batalla. Y por aquí pasó Camilo José Cela en sus dos viajes a la Alcarria, como se recuerda en alguna casa del pueblo.

Cifuentes, cuya panadería, por cierto, tiene una bollería y unos dulces que quitan el sentido y que no podía dejar de mencionar en este artículo, ocupa un lugar destacado en mi geografía sentimental. Pienso en Cifuentes cuando se debate sobre la España vacía, sobre la importancia de defender los pueblos. Recuerdo lo que molaba volver al cole y fardar de verano en el pueblo. Siempre sentí que tener pueblo era un privilegio. Y cada vez lo veo más así. Aquí he pasado horas y horas leyendo bajo la parra de casa. Aquí cada paseo es un lujo. Aquí bajan las pulsaciones, todo es más calmado. Aquí se da los buenos días a todo el mundo, lo conozcas o no. Y aquí, en fin, sin ánimo de idealizar la vida en los pueblos, porque siempre se está muy bien de vacaciones en verano, recuerdo siempre que la vida no tiene por qué ser esa carrera alocada de prisas, ruidos y prioridades confundidas que suele imperar en las grandes ciudades. 


Cifuentes es, por ésta y muchas más razones, un lugar especial para mí, un pueblo único. Tan único como es para cada uno su pueblo, por supuesto.  No se trata de que aquí el aire sea más puro o el agua más clara que en ningún otro sitio, no es que nuestra ermita sea más bonita que ninguna. No va de eso. Es sólo que es nuestro lugar feliz, exactamente igual que otro pueblo lo será para otras personas, por las mismas razones sentimentales imposibles de objetivar. 

Porque todo esto que he contado es verdad, pero no explica del todo mi vínculo con Cifuentes. Es un pueblo precioso y tranquilo, sí,  y cuenta con monumentos y tradiciones estupendas, desde luego, pero en realidad lo que lo hace tan especial a mis ojos son todos los recuerdos impregnados en sus calles y caminos. Eso y la voluntad de seguir construyendo nuevos recuerdos cada año. Canta Sabina que no se debe tratar de volver al lugar donde se ha sido feliz, pero hasta Sabina se equivoca a veces. Y a Cifuentes, donde he sido y soy tan feliz, volveré siempre. 

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