Heartstopper Forever

 

Cuando se anunció que Heartstopper terminaría con una película después de tres temporadas, muchos tuvimos sentimientos enfrentados. Entendíamos que era lógico que la serie, basada en los cómics de Alice Oseman llegara a su fin, entre otras cosas, porque los actores se van haciendo mayores, pero teníamos ciertas dudas sobre cómo podría comprimirse el desenlace de la historia de Nick, Charlie y compañía en una película en lugar de en el formato de capítulos de las temporadas precedentes. 

El resultado de Heartstopper Forever, estrenada el mes pasado por Netflix, es bastante satisfactorio, un más que digno final para una historia que ha dejado huella en muchos espectadores, aunque quizá una temporada final de varios capítulos habría permitido rematar todas las tramas con más esmero. 

Siempre es difícil cerrar una historia. Más aún cuando es una historia tan emotiva, que ha significado mucho para muchas personas y que, además, tiene detrás unos cómics con una legión de fans. A la propia película le cuesta decir adiós, arrastra los pies hacia el final, como cuando uno no para de decir en una fiesta que se va a ir yendo, sin terminar de marcharse del todo. Lo demuestra el hecho de que incluya un epílogo para mostrarnos el final sugerido de la historia de todos los personajes centrales de la serie. 

La película es algo irregular y deslavazada a ratos, menos redonda que las temporadas de la serie. Tiene ciertos altibajos y le pesa quizá precisamente la presión de redondear con un final a la altura una historia sensible y emotiva ha cautivado a tantas personas de distintas generaciones. Y eso vuelve a ser una de sus claves, para mí, su vocación intergeneracional. Por supuesto que la historia se dirige especialmente a los jóvenes, pero muchos que ya no lo somos precisamente hemos conectado con nuestro joven de entonces. 

Dos de los pasajes más atractivos de la película, aunque apenas ocupan espacio en ella, se refieren precisamente a esa conexión entre distintas generaciones de personas LGTBI. Una entrañable pareja de hombres ancianos en los que Charlie quiere ver el reflejo de su relación con Nick, por un lado, que refleja de nuevo la importancia de los referentes, un hilo conductor de toda la serie y, sobre todo, la historia esbozada de un niño del instituto que sufre acoso por ser diferente y al que Charlie intenta proteger. Porque otros recorrieron antes el camino, porque los tiempos cambian, pero ese nexo común entre quienes nos hemos sentido diferentes siempre debe cuidarse. 

En ese sentido, la serie siempre buscó ser un lugar feliz para las infancias y adolescencias LGTBI. Y es más que bienvenido, especialmente ahora que el blanco y negro amenaza al arcoíris. Se muestra una alegre y festiva marcha del Orgullo y también la iniciativa de crear un grupo LGTBI en la escuela que sirva de refugio a alumnos que se sientan solos o incomprendidos. 

En el centro de la película, por supuesto, vuelve a estar la relación entre Charlie (Joe Locke) y Nick (Kit Connor). La película sigue la línea de mayor madurez de la tercera temporada de la serie, al abordar cuestiones como la salud mental, los desórdenes alimenticios, la necesidad de mantener relaciones sanas o la responsabilidad afectiva. Y, a la vez, sigue siendo una historia tierna, sensible y luminosa. Un abrazo de dos horas, como leí por ahí no recuerdo a quién. Desde el principio no han faltado quienes han reprochado a Heartsopper ser demasiado sensiblera o ñoña, pero lo cierto es que nunca ha dejado de mostrar también situaciones dura, como el bullying sufrido por Charlie o los problemas de Nick con su padre ausente. Con todo, sí, claro que es una historia adorable y encantadora, un lugar feliz, y no tiene que pedir perdón por ello. Menos aún en los tiempos grises que corren. 

La evolución de la relación de los dos jóvenes desde el comienzo es uno de los puntales de la serie. Conocimos a Charlie como un joven temeroso tras haber sufrido acoso por declararse gay en el colegio, pidiendo perdón cada vez que hablaba y con problemas graves de autoestima,  mientras que Nick era el jugador más exitoso del equipo de rugby, un alumno popular y querido por todos, que se cuestiona su orientación sexual cuando conecta de un modo especial con Charlie. En la película, es Charlie quien se muestra más confiado y seguro de sí mismo, mientras que Nick, a las puertas de la universidad, está agobiado y no sabe bien qué hacer con su vida. Es precioso cómo se muestra lo que debe ser una relación sana, la necesidad de abrirse y compartir con el otro lo que se siente, la importancia de ser felices también por separado, el afán por cuidarse el uno al otro o el aprendizaje de que el amor es una elección diaria… 

Otro de los puntos fuertes de Heartstopper ha sido siempre su carácter coral, con mucho protagonismo para el resto de miembros de la pandilla. Aquí la película flojea algo más. Aunque se perciben los intentos por dar espacio a todos y por desarrollar todas las tramas, el formato película impide abordar con hondura la relación de Darcy (Kizzy Edgell) y Tara (Corinna Brown), que queda en un muy segundo plano; el autodescubrimiento de Imogen (Rhea Norwood), que apenas se esboza; los planes de futuro de Isaac (Tobie Donovan), siempre con un libro en las manos, o la relación de ida y vuelta de Elle (Yasmine Finney) con Tao (William Gao), aunque ésta sí regala muy buenos momentos. También podría haber tenido mucho más desarrollo la interesante relación de Tori, la hermana de Charlie, a quien da vida Jenny Walser con Michael (Darragh Hand). 

El resto de la pandilla permite mostrar toda la diversidad de orientación e identidad de género, desde la angustia de Elle por el acoso a las personas trans, siempre en la diana de los retrógrados, hasta la asexualidad. También refleja lo salvadora y crucial que resulta en la vida de toda persona LGTBI la familia elegida, con ese amor que alimenta este grupo de amigos, como dice en una preciosa escena Tao. 

La película, que vuelve a tener una maravillosa banda sonora, pone en valor a las fotos analógicas, de toda la vida, lo cual es muy de celebrar en una película sobre adolescentes de este tiempo de pantallas. Un buen álbum de fotos impresas sigue teniendo una capacidad evocadora de recuerdos y buenas vivencias contra la que no hay Instagram o TikTok que pueda competir. 

Hearstopper Forever quizá no tiene tanta magia como la serie y le falta tal vez una gran escena de esas que remueven por más veces que uno vuelva a verla, como la salida del armario de Nick con su madre (entonces interpretada por Olivia Colman, a la que volvemos a echar de menos en la película) en la primera temporada, las peripecias por París de la segunda o la escena de Nick con su tía en la tercera temporada en la que ésta le cuenta que el amor no cura una enfermedad mental, aunque hay alguna candidata a ser la escena más recordada de la película (esa charla frente al mar). Sin ser perfecta, sin alcanzar las cotas de emoción de las tres temporadas de la serie, Heartstopper Forever es un buen final para una historia que, en efecto, muchos recordaremos siempre con una sonrisa y con esos chispazos y con esas hojas imaginarias de cómic revoloteando alrededor. 

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